Fue entonces cuando le pedí que se casara conmigo.
Nos casamos en un juzgado pequeño, sencillo y auténtico, y por primera vez sentí que caminaba hacia algo, no que me alejaba de ello.
Meses después nació nuestra hija, pequeña y vivaz, y con un solo llanto lo cambió todo.
Observé cómo Ethan la sostenía en brazos, y algo en su interior se calmó de una manera que no puedo describir.
—Gracias —dijo ella en voz baja.
¿Para qué? Nunca se lo pregunté.
Una noche, estando en mi habitación, me preguntó: “¿Eres feliz?”.
Pensé en la mujer que había sido en aquel banco del tribunal, asustada y sola.
—Sí —dije, apoyándome en él—, lo soy.
Afuera, la gente no paraba de contar historias sobre Ethan Vale, pero dentro de nuestra casa, él era simplemente un hombre que aparecía todos los días.
Y eso marcó la diferencia.