Vega se rio por primera vez. Marina esperó a que su hermana se durmiera para preguntarle si podía dejar una luz encendida.
Días después pintaron una casita de madera para el jardín. Marina volcó pintura sobre los zapatos de Mateo y se encogió esperando un grito. Él se manchó la nariz y preguntó dónde podía encontrar otros zapatos tan elegantes. La niña lo abrazó sin pedir permiso.
Entonces llegó el escándalo. Un periódico digital publicó una entrevista con Pilar: acusaba al empresario de haber utilizado su dinero para arrebatarle a sus sobrinas. La fotografía de Mateo saliendo del hospital circuló por todas partes. Algunos clientes suspendieron contratos y el consejo de administración le exigió apartarse de las niñas hasta que pasara la polémica.
Mateo se negó. Aquella tarde, Irene recibió una llamada de la policía. Pilar había conseguido una acreditación falsa para entrar al encuentro navideño que organizaba la empresa. Allí debían actuar las niñas con su colegio. Y los agentes habían descubierto que no pensaba presentarse únicamente para hablar.
PARTE 3
La policía aconsejó a Mateo que no llevara a Marina y Vega al encuentro navideño. Él aceptó cancelar su asistencia, pero decidió explicarles que Pilar estaba intentando recuperarlas y que los profesionales de protección se ocupaban del asunto. No quería que las niñas se enteraran por las noticias.
Marina dejó la cuchara sobre el plato.
—¿Tenemos que volver con ella?
—No. Nadie va a llevaros a ninguna parte sin escucharos y sin que intervengan las personas que os están cuidando —respondió Mateo—. Y yo voy a seguir aquí, aunque hoy no podamos ir a la fiesta.
Vega se quedó pensando.
—¿Aunque no vayamos nunca más a ninguna fiesta?
Mateo sonrió con tristeza.
—Entonces haremos una en casa. Con más churros de los que caben en la mesa.
La policía acordó con el colegio aplazar la actuación de las hermanas. Mateo acudió solo al festival, celebrado cerca de Conde Duque, para tranquilizar a los empleados y colaborar con los agentes.
Pilar apareció junto a una puerta lateral con un chaleco de organización. Exigió saber dónde estaban sus sobrinas y trató de entrar al almacén de decoración. Los agentes la interceptaron. En su mochila encontraron documentos falsificados y un recipiente de disolvente. Nadie resultó herido.
En el teléfono de Pilar aparecieron los mensajes sobre la entrega clandestina de Vega a cambio de dinero. También encontraron un archivo que Irene mostró a Mateo esa misma noche.
Era una carta de Carmen a la asociación de menores. Había denunciado que Pilar parecía interesada únicamente en las ayudas y solicitado una revisión urgente. La queja se había archivado sin las comprobaciones necesarias.
Mateo siempre había pensado que Carmen le ocultó a las niñas porque no confiaba en él. Ahora entendía que intentaba protegerlas y buscaba la forma de hablarle de su acogimiento. En su diario había escrito: «Mateo cree que no sabrá ser padre. No ve cómo mira a los hijos de nuestros amigos cuando piensa que nadie le observa».
La investigación reveló justificantes falsos, absentismo escolar y graves negligencias. También fallos en la supervisión de las ayudas. Las niñas declararon acompañadas por profesionales especializados, sin tener que repetir su historia ante desconocidos.
Cuidarlas también supuso admitir errores. Cuando Mateo faltó a una reunión del colegio, Marina dejó de hablarle. Él fue al día siguiente, pidió perdón y escuchó por qué aquello le dolía.
Por las noches Vega tenía pesadillas. Mateo esperaba en el pasillo hasta que se durmiera. Aprendió también a hacerle trenzas, aunque las hermanas se reían de sus primeros intentos.
Marina seguía revisando la despensa. Vega se angustiaba incluso cuando Mateo salía a comprar. Con ayuda de una psicóloga, él dejó de hacer grandes promesas y empezó a cumplir las pequeñas: llegar a tiempo, escuchar y mantener siempre juntas a las hermanas.
Hubo una tarde especialmente difícil cuando Vega preguntó si había sido culpa suya que Pilar las tratara así. Mateo estuvo a punto de responder con una explicación demasiado complicada. En lugar de eso, se sentó en el suelo y le dijo que ningún niño tiene que ganarse el derecho a estar seguro. Marina, que escuchaba desde la puerta, se sentó junto a ellos sin decir palabra.
Un domingo encontraron en el estudio de Carmen una caja de postales. Algunas llevaban dibujos de un conejo con orejas desiguales. Debajo de una de ellas, Carmen había escrito para Marina: «No hace falta que seas valiente cada minuto». La niña mantuvo la postal entre las manos largo rato. Esa noche, por primera vez, fue ella quien pidió que Mateo se sentara a su lado hasta quedarse dormida.
Mientras la casa se acostumbraba a esa vida, los inversores exigieron una defensa pública. Mateo se negó a difundir los informes médicos de las niñas para limpiar su reputación.
El presidente del consejo lo recibió con expresión cansada.
—Has construido esta compañía durante 20 años. ¿Vas a perderla por una decisión sentimental?
Mateo miró los edificios de Madrid al otro lado del ventanal. Había diseñado algunos con Carmen, cuando todavía compartían cuadernos y cenas de madrugada.
—No voy a perderla por querer a mis hijas —dijo—. Pero sí estoy dispuesto a dejarla si para conservar mi puesto debo tratarlas como un inconveniente.
En la sesión extraordinaria, ante 11 consejeros, Mateo presentó los documentos legales que acreditaban el acogimiento y las irregularidades investigadas. No mostró fotografías de las niñas. Llevaba también una carta de dimisión.
Después cerró la carpeta.
—Mi esposa dedicó su tiempo a personas que nadie escuchaba. Yo le decía que estaba demasiado ocupado. Si hoy abandonara a esas niñas para salvar el valor de mis acciones, estaría repitiendo exactamente el error que más me avergüenza.
Dejó la dimisión sobre la mesa. Una consejera pidió que se retirara la propuesta de suspensión. Otro miembro del consejo la apoyó. El presidente guardó silencio, volvió a leer la resolución de protección y finalmente anunció que no habría votación contra Mateo.
Conservó su puesto, pero regresó a casa en vez de a la oficina. Vega tenía una función de marionetas a las 18:00.
El acogimiento no lo convirtió automáticamente en padre. Hubo nuevas entrevistas, evaluaciones y resoluciones para aclarar la situación jurídica de las hermanas. Cuando las autoridades determinaron que podían ser adoptadas, Mateo presentó su solicitud.
Una tarde Marina lo encontró repasando los documentos en la cocina.
—¿Y si dicen que no?
Mateo dejó el bolígrafo.
—Entonces seguiremos buscando juntos la manera de que estéis seguras. Lo que no voy a hacer es desaparecer porque un papel tarde en llegar.
Marina asintió. No sonrió, pero aquella noche dejó de guardar pan bajo la almohada.
Más adelante, en la audiencia que precedió a la decisión definitiva, la jueza escuchó a las hermanas en un entorno adaptado a su edad. Preguntó a Marina qué significaba para ella quedarse con Mateo.
—Que ya no tengo que vigilar la puerta mientras mi hermana duerme —respondió.
Vega sacó de su bolsillo el dibujo de un conejo con orejas enormes.
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