Fui a sorprender a mi esposo al hospital y su colega me preguntó llorando: “¿No te ha contado nada A kara?”

Todavía tenía en la mano la bolsa con el almuerzo cuando al doctor Ramiro se le llenaron los ojos de lágrimas. Adentro iban el sándwich de milanesa favorito de Andrés, una porción de flan casero y una notita doblada debajo del tenedor: “No tienes que cuidar de todo el mundo. Déjame cuidarte a ti un rato”.

—No te contó nada, ¿verdad? —me dijo Ramiro kara.

Se me cerró el estómago.

Once años compartiendo a mi esposo con un hospital
Andrés y yo llevábamos once años casados, y en todos ellos lo había compartido con ese hospital. Era un cirujano brillante y yo estaba orgullosa de que el hombre que amaba ayudara a tanta gente en sus peores momentos. Pero el último año había sido distinto.

Se perdió la Navidad, nuestro aniversario y el cumpleaños número ocho de nuestra hija, Camila. Yo ya le guardaba la cena en un táper antes
de sentarme a comer la mía. Algunas noches ni siquiera volvía.

—Estamos cortos de personal, amor. No me esperes despierta.

Cuando por fin se metía en la cama, se veía tan agotado que me tragaba cualquier reclamo. Una madrugada lo encontré sentado en el borde del colchón, con los hombros temblando. Se secó la cara antes de darse vuelta. “Fue una noche dura, Lu. Vuelve a dormir”.

Por eso aquel martes decidí sorprenderlo.

Lo que Ramiro no se animaba a decir
En el mostrador de enfermería, una enfermera que conocía desde hacía años dejó de sonreír al verme. Nadie me decía dónde estaba mi marido. Entonces apareció Ramiro, su colega y mejor amigo, blanco como un papel.

—Se va, Lucía —dijo por fin.

Por un segundo dejé de respirar.

—¿Me deja a mí?

—¡No! No, perdóname. Me refiero al hospital. Aceptó un puesto en otra ciudad. En Mérida.

El alivio
duró un instante. Después vino la confusión, y después, el enojo.

—¿Y tú lloras porque se va?

—Es mi mejor amigo. Creí que ya lo sabías.

Una oficina a medio vaciar
Caminé hasta el consultorio de Andrés. La puerta estaba entreabierta. Sobre el escritorio había una carpeta abierta: una dirección en Mérida y una fecha de ingreso dentro de seis semanas. Dos repisas estaban vacías, los libros en cajas, y la foto de Camila y yo, envuelta en papel de diario.

—¿Lucía?

Andrés estaba en la puerta con un café en la mano.

—¿Aceptaste un trabajo en Mérida?

—Pensaba contártelo todo. Déjame explicarte.

Le fui preguntando, uno por uno: ¿después de postularte? ¿Después de la entrevista? ¿Después de aceptar? A todo me dijo que sí. Llevaba cuatro meses con el plan.

—Es un puesto con menos guardias, con fines de semana libres. Quieren que dirija parte del servicio —se defendió—.
Pensé que era la forma de salvarnos. Casi no tenemos tiempo juntos.

—¿Y por qué no estaba yo en esa conversación?

—Porque pensé que ibas a decir que no antes de escucharme.

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