“Protege… a la niña.”
Eso fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento.
La mansión quedó despierta toda la noche. Los guardias corrían, los teléfonos sonaban, los médicos entraban y salían. A Rosa le ordenaron quedarse en el cuarto de servicio con Lucía y no hablar con nadie. Pero el miedo ya había cambiado de lugar. Antes vivía en Rosa. Ahora parecía vivir en las paredes.
A las tres de la madrugada, Lucía empezó a toser.
Al principio fue suave. Después más fuerte. Rosa le acarició la espalda, le dio agua, abrió la ventana, rezó. Buscó el inhalador aunque sabía que estaba vacío. Lo agitó una y otra vez, como si de la desesperación pudiera salir medicina.
“Estoy bien, mamá”, mintió Lucía, con los ojos llorosos.
Rosa la abrazó.
“No debiste hacerlo, mi amor.”
“Sí debía”, respondió la niña entre respiraciones cortas. “Si yo estaba en el piso… él también me habría ayudado.”
Rosa no supo qué contestar. Porque no estaba segura.
A las cuatro, alguien tocó la puerta.
Rosa se levantó sobresaltada. Al abrir, encontró a Mateo, el chofer más antiguo de la casa. Era un hombre de pocas palabras, con el cabello canoso y los ojos cansados de ver secretos.
“Vengan conmigo”, dijo en voz baja.
“No puedo. Lucía está mal.”
“Precisamente.”
Las llevó por un pasillo lateral hasta la enfermería privada de la mansión, una habitación que Rosa casi nunca había visto. Allí había oxígeno, medicamentos, nebulizadores y un equipo que parecía de hospital. Mateo tomó una mascarilla pequeña y ayudó a Lucía a respirar.
“Don Alejandro dejó órdenes hace años”, dijo mientras ajustaba el aparato. “Cualquier niño en esta casa recibe atención antes que cualquier adulto.”
Rosa lo miró sorprendida.
Mateo suspiró.
“Él perdió a sus hijos.”
Todos conocían esa historia, pero nadie la decía en voz alta. Diez años antes, la esposa de Alejandro, Isabel, y sus dos hijos pequeños habían muerto en un incendio en la casa de verano. La versión oficial hablaba de un ataque de enemigos. Después de eso, Alejandro se volvió piedra. Cerró escuelas, canceló donaciones, rompió alianzas, castigó a medio mundo. Desde entonces, la mansión era una tumba elegante.
“Dicen que fue una familia rival”, murmuró Rosa.
Mateo miró hacia la puerta antes de responder.
“Dicen muchas cosas.”
A las seis de la mañana, Alejandro despertó.
No en un hospital, sino en su propia habitación, conectado a sueros y rodeado de médicos. Había sobrevivido. El veneno en la copa no había sido suficiente porque Lucía le había dado tiempo. Tiempo para respirar. Tiempo para recordar. Tiempo para hablar.
Lo primero que pidió fue ver a la niña.
Rafael se opuso.
“Estás débil. Hay asuntos más importantes.”
Alejandro giró la cabeza lentamente.
“Trae a Rosa. Y a su hija.”
Su voz era baja, pero en aquella mansión todavía pesaba como una orden de hierro.
Cuando Rosa entró con Lucía de la mano, todos los hombres presentes se hicieron a un lado. La niña llevaba una mascarilla colgada al cuello y el rostro pálido, pero caminó derecha. Alejandro la miró largo rato. Luego levantó una mano temblorosa.
“Me salvaste la vida.”
Lucía bajó los ojos.
“Usted estaba asustado.”
La frase cayó como una piedra en agua quieta. Nadie hablaba así a Alejandro Santillán. Nadie se atrevía a decir que el hombre más temido de la región había tenido miedo.
Pero él no se enojó. Al contrario, sus ojos se humedecieron.
“Sí”, admitió. “Estaba asustado.”
Luego miró a Rosa.
“La caja negra.”
Rafael apretó la mandíbula.
“Primo, no es momento.”
Alejandro no lo miró.
“Mateo sabe la clave.”
El chofer salió y regresó minutos después con una caja fuerte pequeña. Al abrirla, dentro había papeles amarillentos, una memoria USB, fotografías y un collar infantil con una medallita de la Virgen de Guadalupe.
Alejandro tomó el collar como si le quemara.
“Esto era de mi hija Elena.”
El silencio se volvió insoportable.
“Durante diez años creí que mis enemigos mataron a mi familia”, dijo. “Durante diez años hice cosas que no puedo deshacer buscando venganza contra los hombres equivocados.”
Rafael dio un paso atrás.
“Estás confundido.”
Alejandro levantó la mirada.
“Anoche, cuando caí, escuché tu voz al teléfono.”
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