Doña Carmen escuchó cada palabra con los ojos cerrados.
Cuando Lupita terminó, la anciana abrió los ojos y nos miró a todos.
—Entonces no viví en vano —dijo bajito.
Me acerqué a ella, me arrodillé como aquella vez frente a la puerta entreabierta y apoyé mis manos sobre las suyas.
—No, mamá. Usted salvó más de una vida en esta familia.
Ella me acarició el rostro.
—Tú me salvaste primero, hija.
Santiago se sentó a mi lado. Matías abrazó a Doña Carmen por la cintura. Lupita apoyó la cabeza en su hombro.
Y así nos quedamos un largo rato, sin hablar, escuchando el viento mover las hojas del mezquite.
Al atardecer, Doña Carmen pidió que la lleváramos a la biblioteca. Caminamos despacio, todos juntos, por la calle principal del pueblo. Algunas vecinas salieron a saludarnos. Ya nadie murmuraba con crueldad. Con los años, aquella familia que antes les parecía extraña se había convertido en ejemplo.
Cuando llegamos, los niños estaban leyendo sentados en el piso. Doña Carmen los miró con una sonrisa cansada pero plena.
—Esto era lo que Mateo habría querido —dijo.
Yo asentí.
—Sí, mamá. Estoy segura.
Ella tomó mi mano y la de Santiago, y luego buscó con la mirada a Lupita y Matías.
—Prométanme algo.
—Lo que quiera —respondió Santiago.
—Prométanme que cuando yo ya no esté, esta casa, esta biblioteca y esta familia seguirán abiertas para quien necesite amor.
Sentí que las lágrimas me subían a los ojos, pero esta vez no eran de miedo.
—Se lo prometemos —dije.
Lupita y Matías respondieron al mismo tiempo:
—Lo prometemos, abuelita.
Doña Carmen sonrió.
—Entonces puedo estar tranquila.
Aquella noche cenamos todos juntos. Había frijoles, arroz, tortillas recién hechas y chocolate caliente. La misma comida sencilla que nos había acompañado en los días más duros y también en los más felices.
Antes de dormir, Doña Carmen se detuvo frente al altar de Mateo. Encendió una vela, tocó la fotografía con los dedos y dijo:
—Hijo, ya entendí. No me dejaste sola. Me dejaste una familia más grande.
Luego miró hacia donde estábamos nosotros.
Y sonrió.
Con el tiempo, cuando Doña Carmen partió de este mundo, no lo hizo rodeada de soledad ni de culpa. Se fue en su cama, en la casa que había aprendido a llamar suya, con mi mano entre las suyas, Santiago rezando en voz baja, Lupita llorando sobre su hombro y Matías sosteniendo la fotografía de Mateo junto a ella.
Sus últimas palabras fueron apenas un susurro:
—Cuídense… y sigan amando.
Y eso hicimos.
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