Mateo se tapó la cara.
Lucía puso la bocina en el piso. Sonó una cumbia vieja, de esas que se escuchan en mercados y fiestas familiares. La niña empezó a bailar entre las macetas, torpe pero feliz, moviendo los hombros, girando y fingiendo vender tamales.
—¡Tamales calientitos! ¡También reparamos caras amargadas!
Un escolta quiso reír, pero se aguantó.
Julián quiso enojarse. Quiso gritar. Quiso ordenar que la sacaran.
Pero algo en aquella niña lo golpeó por dentro.
Sus ojos.
Eran iguales a los de Camila.
Entonces, sin poder evitarlo, Julián soltó una risa ronca, rota, casi desconocida.
Lucía se detuvo y sonrió triunfante.
—¿Ya ve? No estaba muerto. Solo oxidado.
En ese instante, Julián sintió un pinchazo en el pie derecho. Un cosquilleo leve, imposible, como si alguien hubiera encendido una luz debajo de su piel.
Se agarró de los brazos de la silla.
—¿Qué me hiciste?
—Nada. Bailé.
La puerta se abrió de golpe. Entró Teresa López, la nueva empleada de limpieza, pálida y temblando.
—Señor Cárdenas, perdóneme. Mi hija no sabía. No me despida, por favor.
Abrazó a Lucía como si esperara un castigo terrible.
Julián miró a la niña, luego a Teresa.
—Tráigala mañana.
Teresa no entendió.
—¿Cómo dice?
—Después de la escuela. Que vuelva a bailar.
Lucía levantó la ceja.
—¿Clase privada para su cara triste?
Julián casi sonrió otra vez.
Esa noche, mientras Teresa regresaba en camión a Iztapalapa con sus hijos dormidos contra ella, Julián se quedó mirando sus pies.
El cosquilleo había desaparecido.
Pero la esperanza no.
Y mucho menos aquellos ojos miel que se parecían demasiado a los de la mujer que le habían jurado muerta junto con su bebé.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Durante 15 días, Lucía volvió al invernadero después de la escuela.
Teresa limpiaba los pasillos con miedo, Mateo hacía tareas en una esquina y Lucía convertía aquel lugar sagrado en un pequeño escenario. A veces bailaba cumbia, a veces imitaba a una señora peleando por el precio del jitomate, a veces fingía ser luchadora y derrotaba enemigos imaginarios con un plumero.
Julián no quería encariñarse.
Pero se encariñó.
La mansión empezó a cambiar sin permiso. Donde antes había silencio, ahora había risas. Donde antes había escoltas con cara dura, ahora había hombres fingiendo no emocionarse cuando Lucía gritaba:
—¡Hoy presentamos: el patrón contra la tristeza!
Una tarde, mientras Lucía bailaba frente a la fuente, Julián sintió otra descarga en la pierna. Esta vez no fue solo un cosquilleo.
El pie derecho se movió.
Apenas un poco.
Pero se movió.
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