Don Emilio asintió.
“Que no acabe en un trastero. Ya ha estado demasiado tiempo callado.”
Más tarde paramos en un bar de carretera pequeño.
Nada de velas. Nada de vino. Nada de mesa bonita.
Dos bocadillos calientes, dos refrescos y nosotros sentados en el borde de la furgoneta abierta, con el futbolín al lado.
Le conté a Thiago que en las citas siempre sentía que tenía que hacer un papel.
Ser simpática, pero no demasiado. Independiente, pero no fría. Sincera, pero no intensa. Cansada, pero sin parecer triste.
Thiago me escuchó.
No me interrumpió.
No hizo bromas.
No intentó arreglarme.
Solo se quedó ahí.
Y eso fue lo que me tocó el corazón.
No necesitaba un hombre que me llevara a un sitio bonito para sentirme especial.
Necesitaba a alguien con quien pudiera sentarme, llena de polvo, muerta de cansancio, sin fingir nada.
Hoy ese futbolín está en nuestro salón.
Ocupa demasiado espacio. Todos los invitados se golpean con él. El jugador azul sin cabeza sigue ahí, porque yo no quiero cambiarlo.
A veces Thiago deja la vieja bola de corcho encima y dice:
“A don Emilio le habría gustado verlo así.”
Y yo pienso en aquella tarde.
En un hombre mayor despidiéndose del último ruido de su bar.
En Thiago, que nunca intentó parecer perfecto.
Y en mí, que por primera vez en mucho tiempo dejé de actuar.
Nos han hecho creer que el amor empieza con flores, restaurantes bonitos y frases dichas en el momento exacto.
Pero a veces empieza con un futbolín demasiado pesado, dos personas cubiertas de polvo y la sensación extraña de que, juntos, hasta lo difícil pesa un poco menos.Si leíste lo del futbolín viejo, quizá pensaste que aquella tarde acabó con dos bocadillos y una historia bonita.
Pero no.
Lo que pasó después fue lo que de verdad me enseñó quién era Thiago.
Porque una cosa es cargar con alguien un mueble pesado durante una primera cita.
Y otra muy distinta es quedarse cuando el polvo se va, cuando aparece el cansancio, cuando lo viejo empieza a pedir paciencia de verdad.
Aquella noche, después de dejarme en mi portal, Thiago me escribió antes de que yo llegara siquiera al ascensor.
“No sé si esto cuenta como primera cita o como mudanza ilegal de un monstruo de madera, pero gracias.”
Me reí sola en el rellano.
Luego me mandó otra frase.
“Prometo que la segunda cita no incluirá escaleras.”
Le respondí:
“Entonces no sé si me interesa.”
Y así empezó todo.
No con una cena elegante.
No con flores.
No con una foto perfecta para enseñar a las amigas.
Empezó con bromas sobre agujetas, con manos arañadas, con la espalda hecha polvo y con una bola de corcho guardada en el bolsillo de su chaqueta como si fuera algo sagrado.
Durante las semanas siguientes, Thiago empezó a restaurar el futbolín en el pequeño taller que tenía en el garaje de su hermano.
Yo iba algunos sábados por la tarde.
Al principio decía que iba a ayudar.
La verdad es que no sabía hacer casi nada.
Sujetaba tornillos, pasaba trapos, lijaba donde él me decía y hacía café en vasos desparejados.
Thiago trabajaba despacio.
Muy despacio.
Quitaba una pieza, la miraba, la limpiaba, volvía a mirarla.
A veces pasaba diez minutos con un simple jugador de madera entre los dedos.
Yo me impacientaba.
“Podrías comprar piezas nuevas”, le dije una vez.
Él negó con la cabeza.
“Entonces ya no sería este futbolín.”
No discutía.
Solo lo decía.
Y seguía.
Había algo en esa forma suya de arreglar las cosas que me desarmaba.
Yo venía de relaciones en las que todo se cambiaba rápido.
Si algo molestaba, se evitaba.
Si algo dolía, se tapaba.
Si alguien fallaba, se sustituía.
Thiago no era así.
Él miraba las grietas.
No para juzgarlas.
Para entender por dónde había entrado el daño.
Una tarde encontró una inscripción muy pequeña, casi escondida, en la parte interior de una tabla.
Estaba escrita con bolígrafo negro, ya casi borrado.
“E. y L. — 1987.”
Me quedé callada.
Él pasó el pulgar por encima con mucho cuidado.
“L sería ella, ¿no?”
No hizo falta decir su nombre.
La mujer de don Emilio se llamaba Leonor.
Nos lo había contado él, casi de pasada, mientras subíamos el futbolín por la escalera.
Leonor.
La del delantal.
La de la bola de repuesto en el bolsillo.
La que jugaba fatal, pero ganaba siempre.
Esa noche, Thiago me preguntó si creía que deberíamos llamar a don Emilio para enseñarle el avance.
Yo dudé.
No quería molestar.
No quería removerle nada.
Pero Thiago ya tenía el móvil en la mano.
“No es remover”, dijo. “Es decirle que no se ha perdido.”
Don Emilio contestó al tercer tono.
Yo solo oí la voz de Thiago.
“Buenas tardes, don Emilio. Soy Thiago, el del futbolín.”
Una pausa.
“No, no lo he tirado por una ventana todavía.”
Otra pausa.
Thiago sonrió.
“Le mando una foto, si le parece.”
Le mandamos tres.
Una del futbolín medio desmontado.
Una de la inscripción.
Y una de la bola de corcho colocada sobre la mesa del taller.
Don Emilio no respondió enseguida.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Yo pensé que quizá habíamos hecho mal.
Hasta que llegó un mensaje.
No era largo.
Solo decía:
“Ella escribió eso el día que pintamos la barra. Gracias.”
Me quedé mirando la pantalla.
Thiago también.
Ninguno dijo nada.
A veces hay silencios que no son incómodos.
Son respetuosos.
Poco a poco, el futbolín empezó a parecer menos abandonado.
Thiago limpió las barras.
Cambió dos gomas que estaban rotas.
Arregló una pata que cojeaba.
Yo cosí, como pude, una pequeña funda de tela para guardar la bola de corcho.
Me salió torcida.
Thiago dijo que era perfecta.
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