La primera cita que empezó con un futbolín y terminó cambiándonos la vida

Yo le dije que tenía un concepto muy flexible de la perfección.

Él me miró con esa sonrisa rara suya.

“La perfección aburre bastante.”

Yo bajé la mirada, porque sentí que no hablaba solo de la funda.

Para entonces ya nos veíamos casi todos los fines de semana.

Pero no teníamos prisa.

A mis 32 años, mucha gente esperaba que yo tuviera prisa.

Prisa por saber.

Prisa por definir.

Prisa por no perder el tiempo.

Pero con Thiago pasaba algo extraño.

No sentía que el tiempo se me escapara.

Sentía que, por fin, estaba dentro de mi propia vida.

Un domingo por la mañana fuimos a ver a don Emilio.

Thiago quiso llevarle una foto impresa del futbolín casi terminado.

“No todo el mundo mira bien las fotos en el móvil”, dijo.

Don Emilio abrió la puerta con una chaqueta de lana puesta aunque hacía sol.

La casa estaba más vacía que la primera vez.

Ya no había cajas en la entrada.

Había huecos.

Huecos en las paredes.

Huecos en las estanterías.

Huecos que se notaban aunque nadie los nombrara.

Nos invitó a pasar.

El salón olía a café reciente y a madera antigua.

Sobre la mesa tenía varias fotografías.

En una de ellas aparecía una mujer bajita, con el pelo rizado y una sonrisa enorme, apoyada en una barra de bar.

Detrás se veía el futbolín.

El mismo.

Más nuevo, más brillante, lleno de gente alrededor.

“Esa es Leonor”, dijo don Emilio.

No hizo falta que lo dijera.

La foto tenía ese tipo de alegría que no se puede fingir.

Don Emilio nos contó más cosas aquel día.

No muchas de golpe.

Las soltaba como quien reparte migas para que no se le rompa el pan entero.

Nos dijo que el bar se llamaba La Parada.

Un nombre simple, porque estaba cerca de una antigua parada de autobús.

Nos dijo que Leonor ponía tapa aunque el cliente solo pidiera agua.

Nos dijo que los viernes por la noche había tanto ruido que él juraba que el suelo temblaba.

Y que, cuando cerraron, lo que más le costó no fue bajar la persiana.

Fue dejar de oír el futbolín.

“Uno se acostumbra al ruido de la gente”, dijo. “Luego el silencio pesa mucho.”

Thiago escuchaba con los codos sobre las rodillas.

Yo lo miré de reojo.

Había hombres que, ante una tristeza ajena, cambiaban de tema.

Thiago no.

Thiago se quedaba.

Antes de irnos, don Emilio nos dio una caja pequeña.

“Esto estaba en un cajón del bar.”

Dentro había fotos, varias fichas antiguas, dos servilletas con cuentas escritas y tres jugadores de futbolín sueltos.

Uno rojo.

Dos azules.

Uno de los azules estaba sin pintar por un lado.

“Leonor decía que ese era suplente”, murmuró.

Thiago no quiso aceptar la caja al principio.

Pero don Emilio la empujó hacia él.

“Yo me voy a un piso más pequeño. Con mi hija. No puedo llevarme todo. Pero tampoco quiero que todo acabe dentro de una bolsa.”

Thiago asintió.

“Lo guardaremos bien.”

Don Emilio me miró entonces a mí.

“No le deje hacerlo demasiado nuevo.”

Me sorprendió que me hablara como si yo tuviera autoridad sobre aquel proyecto.

Pero respondí enseguida.

“No le dejaré.”

Y cumplí.

Cuando Thiago quiso barnizar demasiado una parte, le dije que no.

Cuando quiso sustituir al jugador azul sin cabeza, le dije que ni hablar.

Cuando encontró una pieza más moderna que encajaba mejor, le recordé lo que don Emilio había dicho.

“No demasiado nuevo.”

Él levantaba las manos.

“Vale, vale. La jefa del futbolín ha hablado.”

Yo fingía enfadarme.

Pero por dentro me gustaba.

No lo de mandar.

Lo de formar parte.

Un mes después, el futbolín llegó a mi piso.

En teoría era temporal.

Thiago no tenía sitio.

Yo sí tenía un salón amplio, aunque después del futbolín dejó de parecer amplio.

Lo subimos entre él, su hermano y un vecino que bajó “solo a mirar” y acabó sudando como todos.

Cuando por fin lo colocamos junto a la pared, mi salón parecía otro.

Más pequeño.

Más raro.

Más vivo.

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