Thiago puso la bola de corcho e
n el centro.
No la usamos para jugar.
Era demasiado vieja.
Demasiado ligera.
Demasiado de Leonor.
La dejamos encima, como un pequeño corazón redondo.
Esa noche pedimos comida sencilla y nos sentamos en el suelo.
El futbolín estaba ahí, enorme, absurdo, ocupando un espacio que antes no sabía que estaba vacío.
Thiago me miró.
“Te prometo que, si te hartas de él, lo saco.”
Yo miré el jugador azul sin cabeza.
Miré las marcas en la madera.
Miré la inscripción que Thiago había decidido dejar visible en un lateral interior.
Y dije:
“No. Que se quede.”
No sabía entonces que aquella frase no hablaba solo del futbolín.
Con el tiempo, empezamos a invitar a gente.
Primero vinieron dos amigos míos.
Luego el hermano de Thiago.
Después una vecina del segundo que escuchó el ruido y llamó al timbre con una bolsa de patatas, diciendo que ella también sabía jugar.
Aquello se convirtió, sin que lo planeáramos, en una pequeña costumbre.
Los domingos por la tarde, alguien pasaba por casa.
No mucha gente.
Nada grande.
Un café.
Unas risas.
Una partida.
Alguien siempre se golpeaba la cadera con la esquina.Alguien siempre decía:
“Este trasto ocupa demasiado.”
Y luego se quedaba otra hora.
Yo empecé a entender lo que don Emilio quería decir.
Un futbolín sin bola era un mueble triste.
Pero un futbolín sin gente era algo peor.
Era memoria encerrada.
Así que un domingo llamamos a don Emilio.
Thiago fue directo.
“Don Emilio, el futbolín está haciendo ruido otra vez. Debería venir a comprobar que no lo hemos estropeado.”
Hubo una pausa larga.
Pensé que diría que no.
Pero preguntó:
“¿Sigue sin cabeza el azul?”
“Por supuesto”, dije yo, acercándome al móvil.
Don Emilio soltó una risa pequeña.
“Entonces voy.”
Vino con su hija una semana después.
Entró despacio, apoyado en un bastón sencillo.
Traía camisa clara, como la primera vez, y los zapatos limpios.
Al ver el futbolín, se quedó quieto.
Nadie habló.
Ni su hija.
Ni Thiago.
Ni yo.
Don Emilio caminó hasta él y puso una mano sobre la madera.
No acarició.
No golpeó.
Solo apoyó la palma, como quien saluda a alguien conocido.
“Hola, viejo”, murmuró.
A mí se me hizo un nudo en la garganta.
Thiago bajó la mirada.
Su hija se limpió una lágrima antes de que cayera.
Luego pasó algo que todavía hoy recuerdo como una de las escenas más bonitas de mi vida.
Don Emilio pidió jugar.
“Pero aviso”, dijo. “Yo era portero. Leonor era la peligrosa.”
Le pusimos del lado azul.
Thiago se puso enfrente.
Yo hice de árbitro, aunque no tenía ni idea.
La bola que usamos era nueva.
La de corcho seguía arriba, mirando.
Al principio don Emilio movía las barras despacio.
Como si sus manos tuvieran que recordar.
Luego, de repente, marcó un gol absurdo, rebotado, feísimo.
El salón estalló en risas.
Don Emilio levantó los brazos.
“Ese era de Leonor”, dijo.
Y por un momento, no vi a un hombre mayor visitando un piso ajeno.
Vi a un camarero de barrio en su bar.
Vi a una mujer con una bola en el bolsillo del delantal.
Vi noches de viernes.
Voces.
Vasos.
Manos apoyadas en madera.
Vida.
Después de aquella tarde, don Emilio vino más veces.
No cada domingo.
Solo cuando le apetecía o cuando su hija podía traerlo.
A veces jugaba.
A veces solo miraba.
A veces nos contaba historias del bar.
La del cliente que pedía siempre lo mismo y nunca sabía cómo se llamaba.
La del chaval que celebró allí su primer trabajo.
La de una pareja que se conoció discutiendo por una partida y acabó casándose.
“Un futbolín junta a gente que no sabe cómo empezar a hablar”, decía.
Yo miraba a Thiago.
Y pensaba que tenía razón.
Un año después de aquella primera cita rara, Thiago me pidió que viviera con él.
Bueno, no lo hizo de forma normal.
Estábamos limpiando debajo del futbolín, porque se había caído una moneda y no aparecía.
Él estaba de rodillas, con una linterna en la boca.
Yo estaba tumbada en el suelo, intentando no reírme.
De repente, dijo:
“Podríamos buscar un piso donde este bicho no bloquee media vida.”
Yo le contesté:
“Eso suena práctico.”
Él sacó la linterna de la boca.
“Quiero decir contigo. Un piso contigo. Y con el bicho.”
Me quedé quieta.
No porque dudara.
Sino porque nadie me había pedido algo importante de una manera tan poco preparada y tan verdadera.
Me dio la risa.
Luego me entraron ganas de llorar.
Luego le dije que sí.
Nos mudamos meses después.
El futbolín fue lo primero que entró en el nuevo salón.
No por necesidad.
Por superstición.
Thiago dijo que si había empezado todo con él, debía entrar antes que el sofá.
Yo acepté.
A esas alturas ya sabía que algunas tonterías son, en realidad, formas de cuidar una historia.
Invitamos a don Emilio el día que terminamos de colocar las cosas.
Él llegó con una bolsa de papel.
Dentro había un delantal doblado.
Era de Leonor.
Blanco, con una mancha antigua que no había salido nunca.
“Lo encontré en una caja”, dijo. “No sé por qué lo guardé tanto tiempo.”
Yo lo sujeté con cuidado.
“No tiene que dárnoslo.”
Don Emilio negó.
“No os lo doy para que lo guardéis. Os lo doy para que no esté solo.”
Esa frase se me quedó clavada.
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