Las madres se reían y lo grababan con peluca y labial mal puesto, hasta que su hija tomó el micrófono y confesó:

PARTE 1

—Si su mamá está muerta, que deje de fingir que todavía la tiene —dijo una de las madres, sin bajar el celular con el que me estaba grabando.

Yo llevaba puesto el vestido amarillo de mi esposa fallecida, una peluca castaña mal acomodada y unos zapatos que me destrozaban los pies. A mi lado, mi hija Renata, de cinco años, me apretaba la mano como si todo el patio del kínder quisiera arrancársela.

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Me llamo Julián Hernández. Soy albañil, tengo las manos llenas de grietas y hasta ese día jamás había usado labial. Pero tres semanas antes habíamos enterrado a mi esposa, Valeria, y desde entonces Renata había dejado de dormir, de comer bien y de hablar en la escuela.

La noche después del funeral me preguntó si los niños sin mamá daban lástima. Le dije que no. Luego escondió la cara bajo la cobija y me suplicó:

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—No les digas que mami se murió. Van a reírse de mí.

Al día siguiente, frente al portón del kínder Pequeños Girasoles, se aferró a mi pantalón.

—¿Mami puede venir por mí?

Debí decirle la verdad. En cambio, respondí que sí.

Esa mentira me llevó al tianguis a comprar una peluca usada y, después, al ropero de Valeria. El primer día me puse una falda suya, lentes oscuros y un poco de su perfume. Renata salió del salón corriendo, me abrazó y gritó delante de todos:

—¡Mi mamá vino!

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Yo sentí vergüenza, dolor y alivio al mismo tiempo.

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Desde entonces, cada mañana me rasuraba antes del amanecer, me pintaba la boca frente al espejo roto del baño y practicaba una voz que nunca sonaba femenina. En la obra comenzaron a circular videos míos. Mis compañeros les agregaban música de circo y se reían. Yo aguantaba porque Renata había vuelto a desayunar y ya no lloraba al entrar a la escuela.

El problema llegó con el festival del Día de las Madres.

La invitación decía que la asistencia con mamá era obligatoria. Renata intentó fingir que no le importaba.

—No vayas, papi. Yo puedo decir que mi mamá trabaja lejos.

Que una niña de cinco años supiera renunciar para protegerme me partió más que todas las burlas.

Esa mañana usé el vestido amarillo favorito de Valeria. La vecina, doña Meche, me encontró en la entrada del edificio y, en vez de reírse, me enderezó la peluca.

—Valeria se hacía la raya del otro lado —murmuró—. Y cuide mucho a la niña. Hay gente que no perdona ni a los muertos.

No entendí la advertencia.

En el patio había globos rosas, café de olla y decenas de teléfonos apuntándome. La directora, Patricia Robles, me recibió con una sonrisa demasiado rígida. La maestra Lucía evitó mirarme a los ojos.

Durante la presentación, cada niño debía explicar por qué amaba a su mamá. Renata pasó al frente con una tarjeta morada entre las manos.

—Yo amo a mi mamá porque, aunque se murió, mi papá se pone su ropa para que no me duela aquí —dijo, tocándose el pecho.

El patio quedó en silencio.

Luego agregó:

—Pero anoche una señora fue a mi ventana y dijo que mi mamá no se cayó por accidente.

Sentí que el aire desaparecía.

Renata abrió su lonchera y sacó un papel doblado. La letra inclinada era idéntica a la de Valeria.

“Deja de usar su cara. Valeria no murió por accidente.”

Levanté la vista. Al otro lado del portón había una mujer cubierta con un rebozo negro. En su mano brillaba el anillo de bodas de mi esposa.

Y cuando Renata señaló a la directora, la niña repitió la amenaza que había escuchado bajo su ventana:

—Ella dijo que, si mi papá seguía preguntando, también se iba a quedar sin hija.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…

PARTE 2

Vea el resto en la página siguiente.

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