Por otra parte.
“No quería que ustedes, chicas, se involucraran.”
“Lo sé.”
“Le dije al vecino que no te llamara.”
“Eso también lo sabemos.”
“Tenéis vuestras vidas. Tu trabajo. Tus familias.”
Sofía tomó su mano áspera.
“Y tenemos esas vidas gracias a ti.”
Detrás de ella, Valeria ya lloraba.
Lucía no lo era.
Lucía estaba mirando directamente al director Robles.
Y había algo en su expresión que inquietaba a Chema.
No ira.
Reconocimiento.
La jueza Elena Vargas se aclaró la garganta.
“Señorita…?”
“Sofía Hernández.”
“¿Y su relación con el acusado?”
Sofía se puso de pie.
“Él es mi padre.”
El fiscal revisó sus documentos.
“Según los registros—”
“Me adoptó cuando era un bebé.”
La sala del tribunal quedó en silencio.
Sofía colocó su estuche de cuero sobre la mesa de la defensa.
“Y solicito permiso para comparecer como su asesor legal.”
Don Chema la miró.
Luego en el juez.
Luego de vuelta hacia ella.
“¿Asesoramiento legal?”
Sofía se volvió hacia él.
Por primera vez desde que entró a la habitación, sonrió.
Una pequeña sonrisa.
“Papá, ¿de verdad creíste que todos esos años de la facultad de derecho fueron sólo para poder decirle a tus amigos que tu hija era abogada?”
Algunas personas se rieron suavemente.
Don Chema se tapó la boca.
Siempre había sabido que Sofía ejercía la abogacía.
Lo que él no sabía era hasta dónde había llegado.
El fiscal lo sabía.
Su expresión había cambiado por completo.
El juez Vargas estudió los documentos que Sofía entregó al secretario.
“¿Litigio penal federal?”
“Sí, Su Señoría.”
“¿Y los delitos financieros?”
“Durante los últimos once años.”
El director Robles se inclinó hacia su abogado.
Su abogado susurró algo urgentemente.
