PARTE 1
—Toma, Marisol… tu regalo de cumpleaños: una escoba. A ver si por fin aprendes a volar y desapareces de mi casa.
La carcajada de Roberto estalló en medio de la sala como si hubiera dicho el chiste más brillante del mundo. Sus amigos, sus primos y hasta algunos vecinos del fraccionamiento en Querétaro soltaron risas incómodas, pero nadie se atrevió a defenderla. Marisol se quedó parada junto a la mesa del pastel, con las manos todavía húmedas por haber lavado vasos en la cocina, mirando aquella escoba vieja que su esposo le extendía con una sonrisa cruel.
Ese día también era su cumpleaños.
Pero en la casa de doña Raquel, la madre de Roberto, solo se celebraba a ella. La señora cumplía 65 años y había ordenado una fiesta grande: mole, carnitas, música norteña, globos dorados y un pastel enorme con flores de betún. Marisol había cocinado desde la madrugada, había trapeado el patio, acomodado sillas, servido refrescos y levantado platos sucios. Nadie le había dado un abrazo. Nadie le había dicho “felicidades”. Ni siquiera Roberto.
Desde una mesa, escuchó a una mujer murmurar:
—¿Esa es la esposa de Roberto? Yo pensé que era la muchacha de la limpieza.
Marisol sintió que la cara le ardía. Bajó la mirada y siguió recogiendo vasos para no llorar. En eso, tropezó con la pata de una silla. La charola cayó al piso, los vasos se rompieron y el agua de jamaica salpicó los zapatos de doña Raquel.
—¡Inútil! —gritó la suegra—. Ni para servir una bebida sirves.
La música bajó. Las conversaciones murieron. Marisol se hincó para limpiar los vidrios, aunque uno le cortó un dedo. Roberto se acercó, y por un segundo ella pensó que tal vez la ayudaría. Pero él levantó la escoba frente a todos.
—Aquí está tu transporte, mi brujita. Puedes salir volando cuando quieras.
Las risas volvieron, más fuertes. Marisol tomó la escoba. La sostuvo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Algo dentro de ella, algo que llevaba años doblándose, se quebró para siempre.
Primero barrió los vidrios en silencio. Luego caminó directo hacia el pastel de doña Raquel. Todos la miraron confundidos.
—Marisol, ¿qué haces? —preguntó Roberto.
Ella levantó la escoba como si fuera un bat de béisbol y la descargó con todas sus fuerzas sobre el pastel. El betún voló contra la blusa de doña Raquel, la pared recién pintada y la cara de un compadre de Roberto. La sala entera quedó en silencio.
—¡Mi pastel! —chilló la suegra.
Roberto avanzó furioso.
—¡Estás loca! ¡Te voy a enseñar a respetar!
Marisol no esperó. Tiró la escoba, abrió la puerta y salió corriendo. Bajó las escaleras con el corazón golpeándole el pecho. En la esquina, un camión urbano se detuvo. Ella subió sin preguntar a dónde iba. Se sentó hasta atrás, abrazando su bolsa, temblando entre miedo y alivio.
Mientras las luces de Querétaro pasaban por la ventana, lloró sin hacer ruido. No sabía a dónde ir. No tenía dinero suficiente. No sabía leer bien los letreros. Pero por primera vez en años, estaba lejos de esa casa.
Sacó el celular y llamó a su única amiga.
—Lupita… me fui. Ya no pude más.
—¿Dónde estás? —preguntó ella, alarmada.
—No sé. Cerca de una plaza. Tengo miedo.
—No te muevas. Voy por ti.
Marisol bajó del camión y esperó bajo un árbol, con el vestido arrugado y el dedo sangrando. Cuando vio el coche de Lupita, corrió hacia ella como una niña perdida. Su amiga la abrazó sin preguntar nada.
—Te vienes conmigo. Mañana vemos qué hacemos.
Esa noche, Marisol durmió en un sillón, cubierta con una cobija de los hijos de Lupita. Antes de cerrar los ojos, recibió 14 llamadas de Roberto. No contestó. Pero a las 3 de la mañana llegó un mensaje:
“Vas a regresar de rodillas. Y cuando regreses, vas a desear nunca haberme avergonzado.”
Marisol apretó el celular contra el pecho, sin poder respirar. No podía creer lo que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente