Le Dijeron que Podía Tener VIH y que Esperaba Gemelos…

Part 1

El papel temblaba entre los dedos de Renata Morales cuando la doctora le dijo dos frases que la dejaron sin aire.

—El primer análisis salió reactivo. No podemos descartar VIH todavía. Hay que repetir la prueba.

Renata sintió que el piso del Hospital General de México se abría bajo sus pies.

—¿VIH? —susurró, con la boca seca.

La doctora bajó la mirada al expediente.

—Y hay algo más. Estás embarazada. Son gemelos.

Renata se quedó inmóvil. Afuera, en la avenida Cuauhtémoc, los camiones rugían, los vendedores ofrecían tamales y café de olla, y la ciudad seguía viva como si su mundo no acabara de romperse en un consultorio blanco.

Tenía veinticuatro años, el rostro bonito pero cansado, las manos ásperas de lavar platos, cargar cajas y trabajar dobles turnos. De día ayudaba en una oficina de tecnología recién comprada por el Grupo Alcázar; de noche, hasta hacía poco, servía copas en un club de la colonia Roma para pagar la operación de su abuelo Tomás.

Su abuelo era lo único que le quedaba. Sus padres murieron en un accidente cuando ella tenía cinco años. De aquel día solo conservaba imágenes sueltas: lluvia, cristales rotos, la voz de su madre diciéndole que corriera a buscar ayuda y vecinos murmurando después que ella había traído la desgracia.

Por salvar a don Tomás, Renata había aceptado una noche que juró no recordar.

Diego Alcázar, heredero de una de las familias más poderosas de Ciudad de México, apareció en el club buscando una botella carísima para unos socios. Ella necesitaba trescientos ochenta mil pesos para completar el pago de la cirugía de su abuelo. Él pensó que ella era una mujer que vendía sonrisas por dinero. Ella pensó que él era otro rico acostumbrado a comprarlo todo.

Esa noche, entre desesperación, vergüenza y lágrimas, cruzaron una línea que ninguno supo nombrar.

A la mañana siguiente, Diego quiso darle más dinero.

—Agrégame. Te transfiero lo que falte —dijo, con una frialdad que a Renata le dolió más que un insulto.

Ella se abotonó la blusa con manos temblorosas.

—No habrá después, señor Alcázar. Lo de anoche fue un accidente. De aquí en adelante, haga como si no me conociera.

Pero la vida no obedeció.

La operación de don Tomás salió bien. Renata dejó el club, encontró empleo formal en una pequeña empresa de desarrollo tecnológico y empezó a creer que quizá podría vivir sin correr. Entonces el Grupo Alcázar compró la empresa, y Diego apareció en la sala de juntas como nuevo director general.

Cuando Renata lo vio entrar con traje gris, mirada firme y ese aire de hombre que todos obedecían, se le helaron las manos.

Él también la reconoció.

Durante la presentación, Renata explicó con seguridad los procesos de la compañía, las patentes y los errores del sistema de rendimiento. Diego la escuchó sin parpadear. Por primera vez no la miró como a una mujer de una noche, sino como a alguien brillante.

Pero ella no pudo terminar. Un olor a perfume caro le revolvió el estómago. Salió corriendo al baño y vomitó hasta quedarse sin fuerzas.

Dos días después estaba en aquel consultorio, escuchando que quizá tenía VIH y que llevaba dos vidas dentro.

—Puede ser un falso positivo por el embarazo —explicó la doctora Sun, una mujer mayor que la conocía desde niña—. Repetiremos pruebas. Pero estás desnutrida, Renata. Tu cuerpo está agotado.

Renata tocó su vientre, aterrada.

—Doctora… no puedo tenerlos. Apenas conseguí trabajo. Mi abuelo sigue recuperándose. No sé quién soy yo para traer dos niños al mundo así.

—¿Y el padre?

Renata cerró los ojos.

—Él no va a hacerse responsable. Es de otra vida.

La doctora suspiró con tristeza.

—Si decides interrumpirlo, lo programamos pasado mañana. Pero piénsalo bien.

Renata salió del hospital con la hoja doblada en la bolsa y el corazón convertido en piedra. Esa noche apagó el celular. No quería que nadie la convenciera de vivir una esperanza que no podía pagar.

Lo que no sabía era que la doctora Sun era madre de Diego.

Y que al escuchar el nombre de Renata, el embarazo de gemelos y la fecha del procedimiento, salió corriendo del hospital para llamar a su hijo.

—Diego —dijo con la voz temblorosa—. Si esa muchacha entra al quirófano, vas a perder a tus hijos antes de conocerlos.

Part 2

Vea el resto en la página siguiente.

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