Diego llegó al edificio de vecindades de la Doctores cuando ya caía la tarde. Las paredes olían a humedad, a sopa de fideo y a ropa tendida. Renata bajaba las escaleras con una bolsa de mandado cuando lo vio junto a su camioneta negra.
—No debiste venir —dijo ella.
—¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?
Renata apretó la bolsa contra el pecho.
—Porque no quiero que me compres. No quiero ser tu error guardado en un departamento caro.
Diego dio un paso, pero se detuvo al ver el miedo en sus ojos.
—No voy a esconderte. Esos niños también son míos.
—Tú tienes tu mundo, Diego. Yo tengo un abuelo enfermo, deudas y un pasado que todos llaman mala suerte.
Él respiró hondo.
—Entonces dame una oportunidad de demostrarte que no soy todos.
Al día siguiente, Renata entró con él al Registro Civil de la colonia Juárez. Firmaron sin fiesta, sin vestido, sin flores. Un matrimonio urgente, casi absurdo. Diego le prometió atención médica, seguridad para su abuelo y libertad para decidir después del nacimiento.
—No tienes que amarme —le dijo él al salir—. Solo no vuelvas a cargar sola con todo.
Renata no respondió. Apretó el acta como si fuera un papel que quemaba.
La noticia se mantuvo en secreto. En la empresa, nadie sabía que la nueva analista embarazada era la esposa del director. Renata quería conservar su trabajo y su dignidad; Diego aceptó, aunque cada día le costaba más ver cómo la miraban por encima del hombro.
La peor era Jimena Rivas, gerente de recursos humanos y amiga de Sofía Salazar, la mujer que todos creían destinada a casarse con Diego. Sofía era elegante, rubia, heredera adoptiva de una familia poderosa de Guadalajara. Había crecido oyendo que un día uniría su apellido con el de los Alcázar.
Por eso, cuando Diego empezó a defender a Renata, Sofía sonrió con veneno.
—Una muchacha de vecindad no se acerca a un hombre como Diego por casualidad.
Jimena aprovechó una evaluación interna para humillarla. Robó el plan de Renata y se lo entregó a otra empleada. En la junta, todos aplaudieron la presentación ajena, hasta que Renata se levantó con calma.
—Esa fue una versión vieja. La dejé con errores a propósito.
El salón quedó en silencio.
Renata abrió su laptop y presentó el plan real: datos limpios, proyecciones exactas, soluciones claras. Los directores se miraron sorprendidos. Diego no pudo ocultar una sonrisa.
—Excelente trabajo —dijo—. Doble bono para la señorita Morales. Y quien haya robado información queda fuera de la compañía.
Jimena perdió el color.
Los rumores explotaron. Unos decían que Renata era amante de Diego. Otros que era sobrina lejana. Ella soportaba los cuchicheos en el comedor, en el elevador, en los pasillos. Lo hacía por sus hijos, por don Tomás, por esa paz que apenas empezaba a conocer.
Pero Sofía no iba a rendirse.
En una fiesta de firma comercial en un hotel de Polanco, Diego anunció frente a empresarios y periodistas:
—Estoy casado.
El murmullo recorrió el salón como relámpago. Sofía sintió que el mundo se le caía encima. Más tarde vio a Diego tomar de la mano a Renata, y entendió todo.
—Era ella —susurró—. La pobretona era ella.
Esa misma noche, Sofía preparó la trampa.
Aprovechó que Renata subió a buscar su bolso y ordenó a un empleado drogarla y encerrarla en una habitación con Mateo Arriaga, un antiguo compañero de universidad que todavía estaba enamorado de ella. La idea era simple: abrir la puerta frente a todos, mostrarla “infiel” y destruirla antes de que los Alcázar la reconocieran.
Renata despertó mareada, con la garganta seca y el vientre duro de miedo. Mateo estaba en el suelo, también aturdido.
—Renata… nos tendieron una trampa —balbuceó él.
Ella golpeó la puerta con desesperación.
—¡Abran! ¡Por favor!
Sintió un dolor bajo en el vientre y se dobló.
—Mis bebés…
Por primera vez desde que firmó el acta, no pensó en escapar de Diego. Pensó en encontrarlo.
En el pasillo, Diego revisaba las cámaras con el rostro helado. Había encontrado el brazalete de Renata tirado junto al elevador.
—Busquen cada cuarto —ordenó—. Si alguien le hizo daño, no sale caminando de aquí.
Al mismo tiempo, en otra sala del hotel, don Alejandro Salazar, patriarca de la familia de Sofía, observaba una foto vieja que Renata había dejado caer de su bolso: una niña de cinco años con un lunar pequeño en la muñeca, abrazada a una mujer que se parecía demasiado a su hija muerta.
—No puede ser… —murmuró.
Sacó un sobre de su saco. Era una prueba de ADN que había mandado hacer en secreto.
El resultado decía que Renata Morales no era una extraña.
Era la nieta perdida de los Salazar.
Part 3
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