Me hice pasar por asistente para descubrir por qué mi esposo llegaba tarde, pero cuando bebí de su termo, su secretaria me golpeó y susurró:

Valeria, cegada por su propia soberbia, no notó el terror en el rostro de Mauricio. Se colgó de su brazo como si fuera la dueña de todo.

—Despídela ahora mismo —exigió—. Esta empleaducha tocó tus cosas personales. ¡Quiero que seguridad la saque!

Mauricio abrió la boca, pero no pudo decir nada. Sus manos temblaban. Él sabía que la mujer a la que su amante acababa de golpear no era una asistente cualquiera. Era su esposa legal. Era la accionista mayoritaria. Era la verdadera dueña del edificio donde él jugaba a ser rey.

Valeria intentó acercarse otra vez para insultarme, pero Mauricio le sujetó la muñeca con fuerza.

—Ya basta —murmuró, con la voz rota.

Yo levanté la cabeza y hablé lo bastante fuerte para que todos escucharan.

—Valeria, cometiste un error. La esposa de Mauricio Salazar no eres tú. La única mujer cuyo nombre aparece en el acta de matrimonio soy yo.

Un murmullo explotó en la cafetería.

Valeria se quedó inmóvil. Los ejecutivos que antes la adulaban bajaron la mirada. La “futura señora Salazar”, como algunos la llamaban a escondidas, se convirtió en una intrusa ridícula delante de cientos de empleados.

Mauricio, desesperado, la arrastró hacia los elevadores. Yo no los seguí. Saqué mi celular del bolsillo y revisé la grabación que había activado minutos antes: los gritos, la charola rompiéndose, la bofetada, la frase “mi marido”. Todo estaba ahí.

Clara Medina me llevó a una oficina pequeña.

—Mariana, esto es peligroso —me dijo—. Mauricio controla a muchos directivos. Valeria tiene gente comprada. Si no tienes pruebas fuertes, te van a destruir.

Yo abrí mi bolso y saqué una memoria cifrada.

—Mi papá también sabía que algún día alguien intentaría robarle la empresa.

Antes de morir, mi padre me había dejado un acceso de administrador oculto, protegido fuera de los sistemas normales. Desde una computadora aislada, entré a los correos internos, facturas, autorizaciones de gastos y contratos firmados por Mauricio durante los últimos 3 años.

Lo que encontré me heló la sangre.

Suites en hoteles de Polanco registradas como “reuniones estratégicas”. Bolsas de diseñador cargadas a gastos de representación. Relojes, joyas, viajes a Cancún, todo pagado con dinero de Ápex.

Pero lo peor no era eso.

Millones de pesos habían sido transferidos a tres agencias de medios recién creadas. Revisé los registros públicos. Las empresas estaban a nombre de la madre y el hermano de Valeria.

No era solo infidelidad. Era saqueo.

Luego recordé otro secreto de mi padre: una cámara oculta en la lámpara del despacho principal, instalada años atrás por seguridad corporativa. Entré al servidor privado y encontré un video de madrugada.

Mauricio y Valeria aparecían abrazados en el sofá de la oficina. Él le explicaba cómo vaciaría Ápex después de recibir la inversión de Capital Norte, cómo dejaría la empresa endeudada y cómo me obligaría a firmar el divorcio sin un peso.

Guardé todo.

Esa noche, en un club privado de Polanco, me reuní con Roberto Alcázar, abogado de mi padre. Le entregué la memoria.

Cuando terminó de ver los videos, golpeó la mesa.

—Ese hombre no solo te traicionó. Traicionó a don Ernesto.

Acordamos convocar una junta extraordinaria al día siguiente.

Pero antes fui a la casa de Las Lomas.

Mauricio me esperaba con hielo para mi mejilla y una sonrisa falsa.

—Amor, todo fue un malentendido.

Yo dejé caer sobre la mesa varias fotografías del video.

—Mañana vas a entender lo que significa meterse con la hija de Ernesto Herrera.

Y por primera vez, vi verdadero miedo en sus ojos.

PARTE 3                            Continua en la siguiente pagina

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