—¿Y qué piensa?
—Que podrían no ser suyos.
Los músculos de la mandíbula de Rafael se tensaron.
Valeria levantó una mano.
—No lo culpe todavía. Durante años ustedes le repitieron que era prácticamente imposible que pudiera tener hijos. Cuando vio este ultrasonido, reaccionó desde ese miedo.
Rafael guardó silencio.
Valeria le explicó entonces lo ocurrido con el doctor Valdés, el falso diagnóstico y el dinero de Teresa.
Por primera vez, el director perdió completamente su serenidad.
—¿Tienes cómo demostrarlo?
—El médico está dispuesto a entregar una declaración. Pero eso es solamente la mitad del problema.
Sacó el mensaje de Mariana.
El tratamiento experimental de Alejandro había mostrado en algunos participantes recuperación parcial y temporal de la producción espermática. El protocolo exigía controles periódicos porque los resultados podían cambiar drásticamente de un mes a otro.
Alejandro había faltado precisamente al estudio que debía realizarse después de su última fase de tratamiento.
—Quiero todos sus resultados —dijo Valeria—. Y quiero una prueba prenatal de paternidad en un laboratorio especializado. No voy a pasar siete meses escuchando rumores sobre quién es el padre de mis hijos.
Rafael tomó el teléfono.
—Nos vamos a Monterrey esta tarde.
Alejandro se negó al principio.
No quería viajar con Valeria. Apenas podía mirarla después de lo ocurrido.
Su padre fue terminante.
—Puedes sentir miedo, vergüenza o rabia. Pero no tienes derecho a esconderte de la verdad.
Durante el vuelo ninguno habló.
Valeria miraba por la ventanilla con una mano sobre el vientre. Alejandro permanecía rígido junto a ella.
En el centro médico los recibió el doctor Santiago Lozano, responsable del protocolo experimental.
Revisó durante casi una hora los estudios.
—Aquí está el problema —dijo finalmente.
Giró la pantalla.
—Alejandro comenzó con ausencia completa de espermatozoides. Pero después del tercer ciclo aparecieron células germinales activas. El resultado era insuficiente para considerarlo fértil en condiciones normales, pero definitivamente ya no era cero.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Entonces podía embarazar a alguien?
—Era improbable. No imposible.
Valeria sintió que el pecho se le aflojaba por primera vez en días.
El doctor continuó:
—Y hay otro dato. Tu último análisis fue realizado antes de la fase que produjo la mejor respuesta en otros participantes. Debiste repetirlo seis semanas después.
Alejandro cerró los ojos.
Lo había cancelado porque ya no soportaba recibir malas noticias.
Dos días más tarde entregaron muestras para una prueba prenatal no invasiva de paternidad, realizada con sangre materna y ADN de Alejandro.
La espera resultó insoportable.
Valeria regresó a la Ciudad de México y se instaló temporalmente en casa de una compañera. No estaba dispuesta a volver con Alejandro solamente porque existiera una posibilidad científica de que él fuera el padre.
Una cosa era demostrar la paternidad.
Otra muy distinta era reparar la confianza.
Alejandro comenzó a enviarle mensajes.
No excusas.
No súplicas.
Solo mensajes breves.
“Comiste algo?”
“Tu cita es mañana a las diez. Ya confirmé el transporte.”
“Sé que no quieres verme. Lo respeto.”
Valeria no respondía.
Cinco días después, Rafael la llamó.
—Llegaron los resultados.
Se reunieron en el centro médico.
Alejandro estaba de pie junto a una ventana, pálido.
El genetista abrió el documento.
—Los marcadores analizados muestran compatibilidad de paternidad con Alejandro Alcázar.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Los tres?
—El análisis indica que los tres fetos comparten los marcadores paternos correspondientes. Sí.
La carpeta cayó de las manos de Alejandro.
Se sentó lentamente.
Después se cubrió el rostro.
Valeria vio cómo sus hombros comenzaban a sacudirse.
Era la primera vez que lo veía llorar.
—Son míos…
El genetista sonrió.
—Todo indica que sí.
Alejandro levantó la mirada hacia Valeria.
Pero ella no corrió a abrazarlo.
Él comprendió inmediatamente.
Se acercó despacio.
—No voy a pedirte que olvides lo que te dije.
Valeria permaneció en silencio.
—Cuando vi ese ultrasonido sentí que el peor miedo de mi vida se hacía realidad. Pensé que había empezado a querer una familia justo cuando iba a descubrir que jamás podría tenerla contigo. Y en lugar de confiar en ti, te convertí en culpable de mi miedo.
Sus ojos volvieron a llenarse.
—Te hice exactamente lo mismo que Mauricio. Dejé que un diagnóstico valiera más que tu palabra.
Aquello fue lo que finalmente quebró a Valeria.
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