Mi compañera tocó mi vientre embarazado en el baño y susurró: “Ese bebé también es mío”…

PARTE 1

—Ese bebé no es tuyo, Mariana… solo lo estás cargando por mí.

Eso me susurró Claudia en el baño de la oficina, mientras yo tenía seis meses de embarazo y ella me acorralaba contra el lavabo con una navaja pequeña en la mano. Antes de que pudiera reaccionar, puso las dos manos sobre mi vientre, cerró los ojos y dijo como si estuviera rezando:

—Yo pedí por esta niña antes de que tú supieras que existía.

La empujé con todas mis fuerzas. Grité. Una compañera entró corriendo y Claudia, en vez de asustarse, sonrió. Una sonrisa tranquila, enferma, como si todo estuviera perfectamente planeado.

—Ya estamos conectadas, Mariana. Nos vamos a ver pronto.

Ese mismo día la denuncié. La empresa la despidió. Yo levanté una orden de restricción y traté de convencerme de que todo había terminado.

Pero cuatro meses después, sentada en una comandancia de la Ciudad de México con ocho meses y medio de embarazo, entendí que apenas estaba empezando.

La detective Valeria Martínez puso una carpeta frente a mí. Su voz era suave, pero sus ojos no podían ocultar la gravedad.

—Necesito que vea estas fotos con calma.

Abrí la carpeta con las manos temblando.

La primera imagen mostraba una cuna blanca, idéntica a la que mi esposo Diego y yo habíamos comprado para nuestra hija. La misma marca, el mismo móvil de lunas y estrellas, la misma cobija rosa doblada en una esquina.

La segunda foto era peor.

Uniformes médicos.

La tercera: gafetes falsos de hospital.

La cuarta: documentos alterados donde Claudia Ramírez aparecía registrada como paciente embarazada.

Y luego vi una hoja escrita a mano.

“Plan de nacimiento de Lucía Ramírez. Madre: Claudia Ramírez.”

Sentí que el aire se me iba.

—Mi hija se llama Lucía —susurré.

La detective asintió con tristeza.

—Lo sabemos. Ella también lo sabía.

Pensé en Claudia como la recordaba antes de todo esto. La mujer callada del área administrativa en la agencia de publicidad donde trabajaba. La que siempre me llevaba té de manzanilla. La que me preguntaba si ya había comido. La que sonrió cuando anuncié mi embarazo y me regaló rosas rosas diciendo:

—Presiento que será niña.

En ese momento me pareció tierno. Ahora me daba terror.

—Encontramos más cosas —dijo la detective.

Sacó otra carpeta.

Dentro había fotografías mías. Muchas. Demasiadas.

Yo entrando a la oficina en Polanco. Yo saliendo del súper. Yo caminando con Diego por la Condesa. Yo entrando a mis citas prenatales. Yo sentada en una banca del parque México, acariciándome la panza.

Algunas fotos parecían de hacía meses. Otras de mucho antes.

—¿Desde cuándo me seguía? —pregunté, con la voz rota.

—Según sus diarios, desde hace más de un año.

No pude contener el llanto.

La detective respiró hondo.

—Claudia escribió sobre usted todos los días. Al principio hablaba de lo amable que era usted con ella. Luego, cuando anunció su embarazo, empezó a escribir que la bebé era una señal de Dios. Que usted solo era el cuerpo elegido para traerle a su hija.

Me llevé una mano al vientre. Lucía se movió dentro de mí, como si también sintiera miedo.

—Eso no tiene sentido.

—No, Mariana. No lo tiene. Pero ella lo cree.

Quise llamar a Diego, pero no podía moverme. No podía pensar. La detective continuó.

—Hay algo más. Claudia no la conoció por primera vez en la oficina.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

Me mostró una fotografía vieja, amarillenta. Un grupo de niños y adolescentes frente a un centro comunitario en Puebla. Reconocí mi cara de inmediato: quince años, el cabello mal cortado, una playera enorme y una sonrisa incómoda.

—Yo hice voluntariado ahí un verano —dije—. Mi mamá me obligó.

La detective señaló a una niña pequeña sentada al frente. Cabello oscuro, ojos serios, una mariposa de papel en las manos.

—Esa niña es Claudia.

Me quedé helada.

—No la recuerdo.

—Ella sí la recordaba. Escribió que usted la ayudó a pintar una mariposa. Que le dijo que tenía talento. Que era especial.

Yo había dicho eso seguramente a varios niños. Frases simples, de una adolescente que solo quería cumplir sus horas de voluntariado.

Pero Claudia lo convirtió en una promesa.

—La buscó durante años —dijo la detective—. Cuando vio una vacante en su empresa, aplicó para acercarse a usted.

Sentí náuseas.

—¿Y ahora dónde está?

La detective guardó silencio un segundo.

—No está en su departamento. Desapareció.

Esa noche, cuando llegué a casa y le conté todo a Diego, su rostro cambió de preocupación a rabia. Instalamos cámaras, cambiamos cerraduras, hablamos con abogados, avisamos al hospital. La policía prometió vigilancia.

Pero nada de eso me quitó la sensación de que Claudia estaba cerca.

Tres días antes de mi fecha probable de parto, sonó mi celular. Número desconocido.

Contesté.

Solo escuché respiración.

—¿Bueno?

Entonces una voz conocida susurró:

—Mariana… falta poco.

Mi corazón se detuvo.

—Claudia.

—No tengas miedo. Yo también estoy nerviosa. Es normal. Toda madre se pone nerviosa antes de conocer a su hija.

—Lucía no es tu hija.

Hubo silencio. Luego rió bajito.

—Todavía no entiendes. Pero pronto vas a entender.

Colgué y llamé a la detective.

Horas después, mientras policías vigilaban mi casa desde la calle, rompí en llanto en la recámara de Lucía. Diego me abrazó, pero yo solo podía mirar la cuna vacía.

Y entonces recibí un mensaje desde otro número.

Una foto de nuestra casa tomada desde la esquina.

Debajo decía:

“Qué bonito cuarto le prepararon a mi bebé.”

No podía creer lo que estaba por pasar…

 

PARTE 2               Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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