La madrugada en que se rompió mi fuente, no grité de emoción. Grité de miedo.
—Diego, despierta. Ya viene.
Él saltó de la cama, tomó la maleta del hospital y llamó de inmediato a la detective Martínez. Todo estaba planeado: dos patrullas cerca, seguridad avisada en el hospital, mi expediente marcado con alerta especial.
Pero una cosa era tener un plan y otra muy distinta sentir contracciones cada tres minutos mientras pensaba que Claudia podía aparecer en cualquier pasillo.
Llegamos al Hospital Ángeles de Interlomas antes del amanecer. Las luces blancas, las enfermeras corriendo, los elevadores abriéndose y cerrándose… todo parecía demasiado rápido. Yo buscaba su rostro en cada mujer con cubrebocas.
Después de catorce horas de parto, escuché el llanto de mi hija.
—Es una niña hermosa —dijo la doctora.
Me pusieron a Lucía sobre el pecho. Pequeña, tibia, con cabello negro y los ojos cerrados. Diego lloraba a mi lado.
Por unos minutos, todo el horror desapareció.
Lucía era real. Mía. Nuestra.
Pero el miedo volvió esa misma noche.
Una enfermera joven entró al cuarto mientras Diego había bajado por café. Revisó a Lucía, anotó algo en una tabla y dijo:
—Me la llevo al cunero para que usted descanse.
La abracé más fuerte.
—No. Ella se queda conmigo.
—Señora, necesita dormir.
—Dije que no.
La enfermera sostuvo mi mirada unos segundos. Luego salió sin discutir.
Cuando Diego regresó, revisamos con seguridad. Sí era enfermera del hospital. No tenía nada raro. Pero yo ya no podía confiar en nadie.
Nos dieron el alta tres días después. En casa, mi mamá llegó desde Puebla para ayudarnos. Yo le había contado solo una parte, pero las madres saben leer lo que una hija intenta esconder.
—Mariana, dime la verdad.
Y se la dije.
Mi mamá lloró conmigo. Me habló de aquel verano en el centro comunitario, de cómo yo volvía a casa contando historias de los niños. Yo no lo recordaba bien. Para mí había sido un periodo confuso: mis papás peleaban todo el tiempo, mi casa se estaba rompiendo y ayudar a esos niños era mi forma de sentir que algo bueno podía salir de mí.
—Nada de esto es tu culpa —me dijo mi mamá—. Una frase amable no obliga a nadie a destruirte la vida.
Quise creerle.
Durante seis semanas no hubo señales de Claudia. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Ninguna aparición. La policía decía que estaba escondida, pero que tarde o temprano cometería un error.
Y lo cometió.
Una tarde llevé a Lucía al parque con mi mamá. Había una patrulla sin logos cerca, como siempre. Me senté en una banca y una señora mayor se acercó.
—Qué bebé tan preciosa.
Me tensé.
—Gracias.
La señora no intentó tocarla. Solo sonrió. Pero algo en mí me hizo preguntarle:
—¿Ha visto a una mujer rara por aquí? Morena, treinta y tantos, tal vez mirando demasiado.
Su sonrisa desapareció.
—Sí. Hace como dos semanas. Se sentaba allá —señaló una banca frente al área de juegos—. No miraba a los niños. Miraba hacia la calle por donde usted acaba de entrar.
Sentí que la sangre se me bajaba a los pies.
Esa noche, mientras Diego y mi mamá dormían, hice algo que sabía que era peligroso. Creé una cuenta falsa en Facebook. Busqué nombres, fotos etiquetadas, grupos de maternidad, páginas religiosas.
Y encontré un perfil privado llamado “Mamá por destino”.
Mandé solicitud.
Me aceptó veinte minutos después.
Al entrar, vi publicaciones de bebés, frases sobre milagros, rezos a la Virgen de Guadalupe y mensajes sobre “hijas prometidas”. Luego apareció una foto que me heló.
Mi casa.
La foto estaba tomada desde el parque.
El texto decía:
“El hogar de mi corazón está cada vez más cerca.”
Capturé pantalla y se lo mandé a la detective. Pero seguí revisando.
Entonces encontré la publicación más aterradora.
Era una foto de un gafete de visitante del Hospital San Rafael, al norte de la ciudad. Justo ahí sería la revisión pediátrica de seis semanas de Lucía al día siguiente.
El texto decía:
“Mañana empieza mi verdadera vida.”
Abrí mi calendario. La cita estaba ahí. Solo Diego, mi mamá y yo lo sabíamos.
Luego vi una alerta que había ignorado: mi cuenta de correo había sido abierta dos días antes desde un dispositivo desconocido.
Claudia seguía dentro de mi vida. Mis horarios. Mis rutas. Mis citas.
Llamé a la detective a las dos de la mañana.
—Ella sabe lo de mañana.
La detective no tardó en responder.
—Cancelamos la cita.
—No —dije.
—Mariana, no voy a permitir que usted use a su hija como carnada.
—Si cancelamos, Claudia desaparecerá otra vez. Si mandan a alguien fingiendo ser yo, lo va a notar. Tiene que verme.
Hubo un silencio largo.
—Déjeme hacer llamadas.
El plan se armó antes del amanecer. Yo iría a la cita con Diego y Lucía. Mi mamá se quedaría en casa. La tercera planta del hospital estaría llena de policías encubiertos. Nadie se acercaría sin ser identificado.
Diego estaba furioso.
—No quiero que hagas esto.
—Yo tampoco. Pero quiero que termine.
Llegamos al hospital a las diez de la mañana. Todo parecía normal: niños llorando, papás llenando formularios, caricaturas en la televisión de la sala de espera. Pero yo sabía que había ojos atentos en cada esquina.
Nos llamaron.
La doctora revisó a Lucía y dijo que estaba perfecta. Por primera vez en semanas, sonreí.
Entonces sonó la alarma de incendio.
El ruido fue brutal. Lucía empezó a llorar. La doctora frunció el ceño.
—No teníamos simulacro.
Miré a Diego.
—Es ella.
Un hombre con bata blanca abrió la puerta.
—Tenemos que evacuar.
El pasillo se llenó de gente. Padres cargando bebés, enfermeras empujando sillas de ruedas, niños asustados. Todo era ruido, movimiento, confusión.
En las escaleras, entre empujones, la vi.
Claudia estaba en el descanso del segundo piso, con uniforme médico, cabello teñido más claro y un cubrebocas bajado al cuello.
Pero sus ojos eran los mismos.
Me miró.
Sonrió.
Y con los labios, sin emitir sonido, dijo:
“Dámela.”
Antes de que pudiera gritar, desapareció entre la multitud.
Diego apretó a Lucía contra su pecho. Los radios de los policías empezaron a sonar. La gente empujaba hacia la salida.
Y entonces vi que Claudia no iba hacia la calle.
Iba hacia el estacionamiento subterráneo.
La seguí sin pensar.
Diego gritó mi nombre detrás de mí.
Pero yo ya sabía que si no terminaba ahí, no terminaría nunca.
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