Le tomé la mano.
—Claro que sí.
Aquella misma noche llamé a la maestra Salgado.
Valeria podía regresar.
Pero había un problema.
Las audiciones para el espectáculo de primavera eran en una semana.
Había perdido casi 2 semanas de entrenamiento.
—No voy a regalarle un lugar —me explicó la maestra—. Tendrá que demostrar que está preparada.
—Eso es justo lo que quiero.
Cuando se lo dije a Valeria, subió corriendo a su habitación.
Regresó cargando las zapatillas que llevaba semanas sin tocar.
—Mamá…
—¿Sí?
—¿Puedo practicar en la cocina?
Sonreí.
—La cocina siempre ha sido tuya.
Los primeros días fueron difíciles.
Valeria fallaba movimientos que antes dominaba. Perdía el equilibrio y algunas veces se detenía a mitad de una secuencia.
Una noche se dejó caer en una silla.
—No puedo.
Me senté a su lado.
—No tienes que demostrarle nada a Marco.
—No es por él.
—Entonces, ¿por quién?
Me miró.
—Por mí.
Le apreté la mano.
—Entonces recuerda por qué empezaste.
Javier reorganizó sus horarios para llevarla personalmente a las clases. Yo cubría los días en que él no podía.
La maestra Salgado trabajó con ella sin tratarla con lástima.
Y poco a poco regresó la hija que yo conocía.
Una mañana volvió a practicar mientras calentaba tortillas para el desayuno.
Otro día se rio tanto cuando Javier intentó imitar uno de sus movimientos que terminó sentada en el piso.
Tres días antes de la audición llegó a mi habitación.
—Creo que quiero intentarlo.
—Entonces inténtalo.
—¿Y si no quedo?
—Volveremos a casa y mañana seguirás siendo Valeria.
Sonrió.
—Eso sonó muy de mamá.
—Tengo 16 años de experiencia.
El día de la audición no pude entrar con ella.
Antes de cruzar la puerta, Valeria me miró.
—Mamá.
—Aquí estoy.
—No te vayas.
—No pienso hacerlo.
Esperé casi 2 horas.
Cuando salió, no sabía si estaba feliz o decepcionada.
—¿Cómo te fue?
Respiró profundamente.
—Terminé.
Y comprendí que eso ya era una victoria.
Cuatro días después llegó el correo.
Valeria estaba conmigo cuando lo abrí.
Leí la primera línea y me tapé la boca.
—¿Qué dice? —preguntó.
Giré la pantalla.
Había sido seleccionada para el espectáculo de primavera.
Valeria gritó.
Después comenzó a llorar.
Javier llegó corriendo desde la sala y terminamos los 3 abrazados junto a la mesa donde semanas antes habíamos descubierto los mensajes de Marco.
Lucía me llamó días después.
Me aseguró que Renata no sabía nada.
—Está furiosa con su padre —dijo—. Ella nunca quiso que Valeria fracasara.
Le creí.
No iba a responsabilizar a otra adolescente por los celos de un adulto.
Cuando llegó la noche del espectáculo, Javier y yo nos sentamos en la primera fila.
Valeria apareció unos minutos antes detrás del escenario.
—¿Nerviosa? —pregunté.
—Muchísimo.
Acomodé suavemente una cinta de su vestuario.
—Has trabajado demasiado para llegar aquí.
Ella me miró.
—Mamá.
—¿Qué?
Sonrió.
—Mírame.
—Siempre.
Cuando las luces se apagaron, Valeria ocupó su lugar sobre el escenario.
Antes de que comenzara la música, buscó entre el público.
Sus ojos encontraron los míos.
Sonreí.
Javier tomó mi mano.
Y mi hija sonrió también.
Entonces empezó a bailar.
Mientras la veía moverse bajo aquellas luces, recordé a la niña que semanas antes lloraba encerrada en nuestro baño porque estaba convencida de que sus propios padres se avergonzaban de ella.
Recordé cuánto daño pueden hacer unas palabras cuando vienen de alguien en quien confías.
Pero aquella noche entendí algo más.
Marco había logrado quitarle a Valeria varias semanas de clases.
Había dañado una amistad de casi 30 años.
Había sembrado dudas entre nosotros.
Lo que no había conseguido era quedarse con su sueño.
Porque cuando mi hija buscó la verdad desde aquel escenario, la encontró exactamente donde siempre había estado.
En primera fila.
Mirándola con orgullo.
