Sofía no es una niña difícil de entender. Cuando está feliz, se le ilumina toda la cara. Cuando está enojada, cruza los brazos y frunce la boca. Cuando está orgullosa, te lo cuenta tres veces, aunque ya la hayas escuchado.
Por eso su silencio me asustó.
Después de los regalos, la vi meterse a la casa de mis papás. La seguí sin decir nada. La encontré sentada en la sala, en la orilla del sillón, con el paquetito rosa entre las manos.
—Mi amor, ¿qué tienes?
Su barbilla empezó a temblar.
—No quiero esto.
Me senté junto a ella.
—¿Por qué?
Le costó trabajo hablar. Tragó saliva y apretó los dedos.
—Solo quiero que me regrese mi frasco.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué frasco, Sofi?
Ella levantó los ojos llenos de lágrimas.
—El de mis ahorros.
Desde pequeña, Javier y yo le habíamos enseñado a ahorrar. Cada cumpleaños, cada Navidad, cada domingo que sus abuelos paternos le daban algo de dinero, Sofía podía gastar una parte y guardar otra. Ella lo hacía feliz. A veces ni siquiera quería comprar dulces. Corría a la cocina, abría su frasco transparente y echaba los billetes doblados con una sonrisa enorme.
Tenía 31,800 pesos ahorrados.
Los sabía contar casi peso por peso.
Era su orgullo.
—¿Qué pasó con tu frasco? —pregunté, tratando de mantener la voz tranquila.
Sofía empezó a llorar.
—La tía Mariana dijo que yo estaba mintiendo. Que una niña no podía tener tanto dinero. Entonces se lo enseñé para que viera que era verdad.
Me apreté las manos sobre las rodillas.
—¿Y luego?
—Primero dijo que estaba muy bien. Que yo era muy lista. Pero después dijo que Mateo y Renata no tenían cosas tan bonitas, y que yo debía ayudar a la familia.
Cerré los ojos un segundo.
—Le dije que no —continuó Sofía—. Le dije que era mío. Pero ella me dijo que los niños buenos comparten. Que si no compartía, era egoísta.
La voz se le quebró.
—Y luego me dijo que si yo no podía gastar ese dinero, entonces no lo merecía. Que mis primos lo merecían más.
Sentí una rabia tan fuerte que me subió por el pecho como fuego.
—¿Te quitó todo?
Sofía asintió.
—Me dijo que no te dijera nada porque eso sería traicionar a la familia. Y que debía sentirme orgullosa. Pero yo no me sentí orgullosa, mamá. Me sentí mal. Y luego pensé que tal vez era mala por sentirme mal.
La abracé con fuerza. No podía llorar frente a ella. No todavía. Lo que mi hija necesitaba en ese momento no era ver mi furia, sino sentir que alguien por fin estaba de su lado.
Y lo peor era que reconocí la jugada.
Mariana llevaba toda la vida haciendo eso.
Cuando éramos niñas, si me quitaba juguetes, mi mamá decía: “Préstaselos, Andrea, ella es más chica”. Si rompía mis cosas, mi papá decía: “No exageres, tú eres la mayor”. Si ella lloraba, todos corrían. Si yo reclamaba, me decían difícil, envidiosa, egoísta.
Crecimos, pero el guion nunca cambió.
Mariana me pedía dinero para el súper, para la renta, para sus hijos, para arreglar el coche. Siempre prometía pagarme. Nunca lo hacía. Y si yo dudaba, soltaba la frase de siempre:
—Tú ganas más. Tú puedes.
El golpe más grande vino un año antes, cuando me dijo que había sido aceptada en una escuela de actuación en Madrid. Lloró en mi cocina diciendo que era su sueño, que se había casado joven, que nunca había podido perseguir su pasión, que si yo la ayudaba por fin sería independiente.
Fui una tonta.
Saqué dinero de mis ahorros. Ajusté gastos en casa. Incluso usé parte del crédito de nuestra vivienda. Separé 760,000 pesos para su escuela, hospedaje y viajes. Todo estaba a mi nombre, pero destinado a ella.
Y así me lo pagó.
Robándole a mi hija.
Usando su dinero para comprar tenis, accesorios y un día de spa para quedar como reina delante de todos.
Tomé a Sofía de la mano, busqué a Javier en el patio y le hice una seña.
Nos fuimos sin despedirnos.
En casa, Sofía dejó el regalo sobre la mesa.
—Ni siquiera es para mí —susurró—. Es algo que le gusta a Renata.
Claro. Ni ese regalo era realmente para ella. Era parte del espectáculo.
Esa noche, cuando Sofía se durmió, abrí mi computadora. Entré a la cuenta donde estaba el fondo de Mariana. Miré la cifra durante varios minutos.
No dudé.
Transferí cada peso de regreso a mi cuenta. Cancelé los pagos programados. Quité mi nombre de los contratos donde todavía aparecía como responsable. Cerré todo.
Sin mensajes.
Sin amenazas.
Sin escándalo.
Mariana se enteraría sola.
Y cuando lo hiciera, por fin entendería que tocar a mi hija tenía un precio.
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