Sentí el golpe.
—¿Fotografías de qué?
—De ustedes.
—¿Desde cuándo conoces a mi esposo?
Valeria bajó la mirada.
—Ocho meses.
Ocho.
No semanas.
Meses.
—¿Tienes una relación con él?
Le hice la pregunta directamente.
Valeria levantó la cabeza.
—No como tú crees.
Casi me reí.
—Acaba de decir por las bocinas de un avión que eres una de las personas más importantes de su vida.
—Lo sé.
—¿Y esperas que crea que no pasa nada?
—Daniela…
—¿Te has acostado con mi esposo?
Valeria palideció.
—No.
—¿Lo has besado?
—No.
—Entonces explícame qué demonios está pasando.
Miró hacia los pasajeros.
Después hacia la cabina.
—Javier debería decírtelo.
—Estoy harta de escuchar eso.
Saqué mi celular y le enseñé la fotografía.
Valeria dejó de respirar por un instante.
—¿Quién te mandó eso?
—Mauricio.
Su expresión cambió completamente.
—¿Mauricio está hablando contigo?
—Sí.
—No le creas todo.
—¿Qué parte es mentira?
No respondió.
—¿Que conoces a mi suegra? ¿Que estuvieron en Querétaro? ¿Que Javier me mintió sobre Guadalajara?
Silencio.
—¿Qué había dentro de esa carpeta azul?
Valeria tragó saliva.
—Daniela…
—¿Qué había?
Antes de que pudiera responder, una voz masculina sonó detrás de mí.
—Daniela.
Me giré.
Javier estaba ahí.
Había salido de la cabina durante el tramo estable del vuelo y me miraba como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué haces aquí?
No grité.
No hice una escena.
Simplemente levanté el teléfono.
—Vine a sorprenderte con tu hijo.
Javier miró hacia nuestros asientos.
Vio a Mateo.
Y se le borró el color de la cara.
—No…
—Sí.
—Daniela, yo no sabía…
—Eso ya lo entendí.
Valeria dio un paso atrás.
Javier se pasó una mano por el cabello.
—Podemos hablar cuando aterricemos.
—Perfecto.
—No aquí.
—También perfecto.
Me acerqué un poco.
—Pero antes quiero una sola respuesta.
Le mostré la fotografía.
—¿Qué es esto?
Javier la miró.
Después miró a Valeria.
—¿Quién te la mandó?
—Mauricio.
Javier cerró los ojos.
Aquello fue suficiente para saber que la fotografía era real.
—¿Qué había en la carpeta?
—Daniela…
—No me vuelvas a decir mi nombre como si eso fuera una respuesta.
La sobrecargo nos observaba desde unos metros.
Javier bajó la voz.
—No te estoy engañando.
—Entonces dime quién es ella.
Silencio.
—Dímelo.
Javier miró hacia Mateo.
Y dijo:
—No puedo hacerlo aquí.
Regresé a mi asiento.
No volví a hablar con él durante el resto del vuelo.
Cuando aterrizamos en Monterrey, los pasajeros comenzaron a levantarse.
Yo esperé.
Mateo estaba pegado a mí.
Valeria permanecía varias filas adelante.
Finalmente Javier salió de la cabina.
—Daniela, ven conmigo.
—Mateo viene.
—Preferiría que no.
—Entonces no voy.
Javier entendió.
Nos condujo hasta una zona tranquila cercana a la puerta de embarque después de bajar del avión.
Valeria nos siguió.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —pregunté.
—Porque esto también tiene que ver con ella.
—Entonces habla.
Javier miró a su alrededor.
—Mi mamá encontró a Valeria hace ocho meses.
—Eso ya lo sé.
—Pero no sabes por qué.
Metió la mano en su maleta y sacó una carpeta.
Azul.
La misma.
Mi corazón comenzó a golpearme.
Javier la abrió.
Había varias hojas, fotografías antiguas y un sobre de laboratorio.
No pude leer los encabezados desde donde estaba.
—Mi mamá encontró unos documentos después de que murió mi tío Roberto —explicó—. Había cartas que nadie conocía.
—¿Qué tiene eso que ver contigo?
Valeria comenzó a llorar.
Javier continuó:
—Las cartas mencionaban a una mujer de Querétaro. Mi mamá la buscó. Esa mujer había muerto, pero tenía una hija.
Miré a Valeria.
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