«¿Qué quieres decir?»
«Ya estaba enferma. Confundía cosas. Yo tuve que hacerme cargo de ciertos asuntos».
Miré la fecha del retiro otra vez.
Mi abuela estaba enferma entonces, sí.
Pero yo también recordaba aquellas semanas con una precisión dolorosa porque prácticamente vivía entre el hospital, el trabajo y su casa.
Ella sabíaquién era yo.
Sabía cuándo era mi cumpleaños.
Sabía exactamente qué significaba esa cuenta.
Incluso me había preguntado una noche si todavía conservaba todas las tarjetas.
«¿Ella te pidió que retiraras el dinero?»
Mi mamá no contestó.
«Te hice una pregunta».
«Yo era su hija».
«Eso no responde nada».
«Tú estabas demasiado ocupada jugando a ser enfermera para entender lo que estaba pasando».
Sentí el golpe de esas palabras más de lo que esperaba.
Yo había puesto en pausa mis estudios precisamente para cuidar a mi abuela.
Había tomado turnosextra porque necesitábamos dinero.
Había dormido en sillas incómodas y comido cualquier cosa entre horarios porque no quería que ella pasara sola sus peores días.
Y mi mamá acababa de convertir eso en una acusación.
Por un momento quise gritarle.
No lo hice.
La pregunta seguía siendo la misma.
«¿Mi abuela te pidió que retiraras ese dinero?»
Mi mamá soltó el aire.
«Necesitábamos resolver unas cosas».
Necesitábamos.
Esa palabra cambió la conversación.
Ya no estaba hablando de mi abuela.
Estaba hablando de su propia casa.
«¿Qué cosas?»
«Gastos».
«¿Qué gastos?»No voy a rendirte cuentas de mi matrimonio».
«No te pregunté por tu matrimonio. Te pregunté por el dinero de la abuela».
Entonces cometió el error que terminó de ordenar todo en mi cabeza.
«Ese dinero llevaba años sentado ahí».
Cerré los ojos.
Años sentado ahí.
Como si no tuviera dueño.
Como si cada depósito hubiera sido dinero olvidado.
Como
si mi abuela no hubiera pasado años entregándome un comprobante cada cumpleaños y diciéndome lo mismo: esto es para tu futuro.
«¿Cuánto sacaste?» pregunté.
«Ya sabes cuánto».
«Quiero escucharte decirlo».
