—Mientras Andrea siga creyendo que no hay dinero, no va a pedir nada —dijo Julián en la grabación—. Tú guarda las transferencias como quedamos.
Andrea se sentó en el borde de la cama del hotel, con las manos frías. Afuera se escuchaban risas de turistas, música de banda a lo lejos y el mar golpeando suave contra la orilla. Adentro, su vida se estaba desarmando pieza por pieza.
La voz de doña Consuelo respondió con total tranquilidad.
—Tú no te preocupes, hijo. Ese dinero ya está invertido. Compré el terrenito de Cuernavaca y el local de tu tío. Andrea jamás va a saber nada. Para ella, con su mandadito y su gas es suficiente.
Andrea tuvo que pausar el audio. Sintió náuseas.
Durante años había contado monedas para comprar leche. Había pedido fiado en la farmacia cuando Sofía se enfermaba. Había cosido los zapatos de la niña por dentro para que aguantaran un mes más. Y Julián, el hombre que le decía “mantenida”, le transfería dinero a su madre para comprar propiedades.
Mandó el archivo a Valeria.
La respuesta llegó 20 minutos después.
—Andrea, esto es fuerte. Si están casados por sociedad conyugal, una parte de ese dinero también te corresponde. Necesitamos estados de cuenta. Voy a moverme.
A la mañana siguiente, Valeria le envió capturas bancarias obtenidas mediante una investigación preliminar legal. Cada día 3 de mes, Julián transfería 42,000 pesos a una cuenta de doña Consuelo. Llevaba casi 4 años haciéndolo.
El total era de 1,890,000 pesos.
Andrea miró la cifra una y otra vez. No lloró de inmediato. Primero recordó todas las veces que Sofía le había pedido una mochila nueva y ella le decía “el próximo mes”. Recordó las consultas que pospuso, los vestidos que no compró, las cenas donde fingía no tener hambre.
Luego sí lloró. Pero en silencio, para no despertar a su hija.
Ese mismo día, doña Consuelo mandó una foto al chat familiar. Aparecía acostada, con una faja ortopédica y una cobija hasta el cuello.
“Recen por mí. Hay nueras que no tienen corazón”, escribió.
Las tías de Julián contestaron con mensajes venenosos.
“Pobre Consuelito.”
“Hay mujeres que solo quieren gastar.”
“Dios todo lo ve.”
Andrea amplió la foto. En el reflejo del vidrio del mueble se veía a Consuelo de pie, usando sandalias de plataforma y sosteniendo el celular con las 2 manos.
Andrea le marcó por videollamada.
Consuelo contestó con la cámara apuntando al techo.
—Ay, hijita, no puedo moverme. El dolor me mata.
—Entonces qué raro que en el reflejo salga usted parada con sandalias.
Hubo un silencio.
—Eres una grosera.
—No. Soy una mujer que ya abrió los ojos.
Cinco minutos después llamó Julián.
—¿Qué le dijiste a mi mamá? Está llorando.
—Tal vez le dolió más que yo viera sus sandalias que su supuesta cirugía.
—Te estás burlando de una enferma.
—Estoy guardando pruebas de una mentira.
Julián bajó la voz.
—Regresa hoy mismo o mañana voy al DIF a decir que me quitaste a mi hija.
—Hazlo. Yo voy a llevar los audios, la constancia falsa de la clínica y las transferencias por 1,890,000 pesos.
La respiración de Julián cambió.
—¿Quién te dio esa cantidad?
—La mujer tonta que tú creías tener encerrada aprendió a investigar.
Por primera vez, él no gritó. Colgó.
Pero esa noche volvió a llamar. Ya no sonaba furioso. Sonaba desesperado.
—Andrea, necesito hablar contigo bien.
—Habla.
—Mi tío Ramiro me está presionando. Dice que si no le pago 700,000 pesos esta semana, va a demandarme.
—¿Y yo qué tengo que ver?
Julián tragó saliva.
—Hace años firmé un pagaré para entrar a un negocio de locales comerciales. Mi mamá me dijo que ella le estaba dando el dinero a Ramiro con lo que yo le transfería. Pero ahora él dice que no recibió casi nada.
Andrea cerró los ojos.
—¿Me estás diciendo que le diste casi 2 millones a tu mamá y ahora quieres mis ahorros?
—No lo pongas así. Es por Sofía. Si embargan la casa, nos afecta a todos.
—Cuando Sofía necesitó inhalador y me dijiste que no exagerara, también nos afectaba a todos.
—No seas cruel.
—Cruel fue hacerme sentir inútil mientras escondías dinero.
—Andrea, por favor. Te devuelvo cada peso.
—No te voy a entregar el dinero que junté corrigiendo trabajos a escondidas mientras tú dormías y tu mamá me llamaba sirvienta.
Julián susurró:
—No sabes de lo que es capaz mi tío.
—Tampoco sabes de lo que soy capaz yo cuando se meten con mi hija.
Dos días después, Andrea regresó a la Ciudad de México. No volvió a la casa. Valeria la esperaba en el aeropuerto con una carpeta y una mirada seria.
Pero antes de llegar a la salida, Julián apareció entre la gente. Tenía la barba crecida, la camisa arrugada y los ojos hundidos.
—Sofía, ven con papá —dijo, intentando sonreír.
La niña se pegó a Andrea.
—No quiero.
Julián endureció la cara.
—Andrea, no hagas show. Dame la tarjeta donde tienes los ahorros y hablamos en casa.
—No hay casa para mí.
Él la tomó de la muñeca.
—Te estoy avisando por las buenas. Si mañana no me ayudas, te destruyo en el juzgado.
Varias personas voltearon. Valeria sacó su celular.
Andrea, sin forcejear, activó el altavoz del suyo.
La voz de Julián llenó la terminal:
—Hazte la inválida unos días, mamá. Si Andrea no regresa, digo que abandonó el hogar y peleo por Sofía.
Julián soltó la muñeca como si le quemara.
Andrea reprodujo otro fragmento.
—Firmé el pagaré. Mi mamá compró terrenos con las transferencias. Necesito que Andrea pague porque Ramiro me va a demandar.
Un guardia se acercó.
—¿Todo bien, señora?
—No —respondió Andrea—. Este hombre me amenazó delante de mi hija. Hay grabaciones y testigos.
Julián levantó las manos.
—Es un problema familiar.
Valeria dio un paso al frente.
—Las amenazas y la simulación de documentos no son problemas familiares.
Andrea salió del aeropuerto con Sofía y Valeria. Se instaló en un departamento prestado en la Narvarte, pequeño, con un sillón viejo y una mesa coja. A Sofía le pareció enorme porque nadie gritaba.
Tres días después, Andrea se reunió con Julián en una cafetería frente a los juzgados familiares. Valeria puso sobre la mesa una propuesta de divorcio: custodia para Andrea, pensión alimenticia, visitas supervisadas y devolución de 945,000 pesos, la mitad del dinero desviado a Consuelo.
Julián leyó y se burló.
—Ningún juez va a darte la razón. No tienes trabajo.
Andrea sacó otra carpeta.
Era un contrato con una agencia editorial de Coyoacán. Su sueldo inicial sería de 36,000 pesos, con horario híbrido y prestaciones.
—Mientras tú creías que me dormía temprano, yo trabajaba.
Julián palideció.
Entonces Valeria colocó una última carpeta. Contenía facturas falsas que Julián había presentado en su empresa para justificar retiros de dinero.
—Firmas el convenio y aseguras uno de los bienes, o esta carpeta llega a tu director jurídico —dijo Valeria.
Julián miró a Andrea con odio.
—Me estás arruinando.
Andrea respondió con calma:
—No. Yo solo dejé de cubrirte.
Julián firmó.
Parecía que lo peor había pasado, hasta que 2 semanas después, en plena audiencia por el pagaré, apareció un video que cambió todo y dejó a doña Consuelo sin dónde esconderse.
¿Crees que Julián fue manipulado por su madre o él también eligió destruir a Andrea?
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina