Mi suegro intentó obligarme a beber un té extraño cuando mi esposo no estaba

El grito de Fernanda atravesó la casa a las seis de la mañana.

—¡Papá, no! ¡Dime que esto no pasó!

Lucía estaba en la cocina, preparando café como si apenas acabara de despertar. Subió corriendo, fingiendo sorpresa, aunque por dentro sentía que las piernas se le iban a doblar.

Cuando abrió la puerta de su recámara, vio a Fernanda hecha pedazos, cubierta con una sábana, llorando con una desesperación que no se podía fingir. Don Ernesto estaba sentado junto a la cama, pálido, con la camisa mal abotonada y los ojos llenos de terror.

—¿Qué hacen los dos en mi cuarto? —preguntó Lucía.

Fernanda la miró como si no entendiera el mundo.

—Yo… yo no recuerdo nada. Me tomé el té y después…

Don Ernesto se puso de pie de golpe.

—¡Cállate! No digas tonterías. Estabas tomada. Todo fue una confusión.

Lucía lo miró fijamente.

—¿Una confusión? Anoche ese té era para mí. Usted me obligó a tomarlo. Fernanda se lo bebió por accidente. Después entró a mi cuarto pensando que yo estaba dormida.

Fernanda abrió la boca, pero solo salió un sollozo. Luego se lanzó contra su padre, golpeándolo en el pecho con rabia.

—¡Eres mi papá! ¡Mi papá!

Don Ernesto le sujetó las muñecas.

—No grites. ¿Quieres destruir a tu madre? ¿Quieres que todo México se entere? Piensa en tu apellido, Fernanda.

Lucía sintió náuseas. Incluso frente al dolor de su hija, ese hombre seguía preocupado por su reputación.

A media mañana, doña Teresa regresó antes de lo esperado. Venía cargada con bolsas de comida y una cara de cansancio que cambió en cuanto vio el silencio de la casa.

—¿Qué pasó aquí?

Nadie respondió.

Fernanda se encerró en el baño. Don Ernesto inventó que su hija había llegado borracha y había hecho un escándalo. Doña Teresa miró a Lucía con sospecha, como si ya hubiera decidido a quién culpar.

Por la tarde, Andrés llegó de Querétaro. No abrazó a Lucía. No le preguntó qué había pasado. Se sentó en la sala con sus padres y su hermana, y cuando Lucía entró, todos la miraron como si fuera la acusada.

—Mi papá me contó todo —dijo Andrés con la voz rota—. Pusiste algo en el té para hacer quedar mal a mi familia.

Lucía sintió que algo dentro de ella se quebraba.

—¿Eso te dijo?

Doña Teresa se levantó furiosa.

—Desde que llegaste trajiste problemas. Querías dinero, querías atención, querías separarnos. Ahora drogaste a mi hija para acusar a mi esposo.

Fernanda, temblando en un sillón, no decía nada. Solo lloraba.

—No tienen pruebas —añadió doña Teresa—. Y en esta casa la palabra de Ernesto pesa más que la tuya.

Lucía sacó su celular.

—Qué curioso. Yo sí tengo pruebas.

Puso el audio sobre la mesa. Primero se escuchó la puerta abriéndose. Luego los pasos pesados de don Ernesto. Después su voz, baja y repugnante:

“Lucía… sabía que ese té te iba a dormir…”

Andrés se quedó blanco.

Doña Teresa llevó una mano al pecho.

Fernanda empezó a llorar más fuerte.

Don Ernesto intentó arrebatarle el celular, pero Andrés lo detuvo.

Lucía apagó la grabación antes de que el resto terminara de romper a Fernanda.

—Todavía falta algo —dijo, sacando una carpeta de su bolsa—. Porque esto no empezó anoche, y alguien en esta sala lo sabía desde hace mucho.

Andrés miró a su madre, y por primera vez entendió que el monstruo no había vivido escondido: lo habían protegido.

¿Qué creen que escondía doña Teresa y hasta dónde debe llegar Lucía para que por fin le crean?

PARTE 3              Para obtener más información,continúa en la página siguien

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