Esa misma noche en contré un video que mi esposo había grabado antes de morir.
Estaba oculto dentro de una caja fuerte en su antiguo despacho, junto con 3 libretas, una memoria USB y una carta dirigida a mí. Daniel aparecía agotado, con los ojos hundidos.
—Mariana, si estás viendo esto, significa que no logré detenerlos.
Sentí que el aire desaparecía.
Daniel explicó que Transportes Salgado había nacido más de 20 años atrás con 4 socios: su padre Ernesto, Nicolás Reyes, Manuel Ortega y Enrique Beltrán. Una noche aceptaron mover un cargamento ilegal por una carretera de montaña. El camión se quedó sin frenos. Manuel murió, Enrique fue encarcelado y Nicolás desapareció. Ernesto guardó silencio y terminó convertido en dueño de la empresa.
Después, Daniel descubrió contratos falsos, compañías fantasma y transferencias firmadas por Rodrigo. Cuando intentó denunciarlo, su camioneta se salió de la carretera.
El video terminaba con una frase:
—Si debes elegir entre la tranquilidad y la verdad, elige la verdad.
Al día siguiente llamé al número escrito dentro de una libreta. Contestó el hombre del pañuelo.
Se llamaba Julián Reyes.
Me llevó a una choza junto al estero, donde conocí a su padre, Nicolás, el socio desaparecido. Había sobrevivido al accidente y se ocultó durante décadas porque amenazaron con matar a su familia. Daniel lo había encontrado poco antes de morir y le pidió a Julián que nos protegiera.
—Tu marido no tuvo un accidente —me dijo Nicolás—. Lo silenciaron porque estaba demasiado cerca.
Cuando regresé a la casa, el pueblo ya hablaba de mí. Rodrigo había difundido que Julián era mi amante. Buscaba destruir mi reputación para presentarme como una madre irresponsable y quitarme el manejo de la herencia.
Luego intentaron llevarse a Mateo de la escuela. Un hombre dijo ser chofer de su tío, pero mi hijo recordó mi instrucción y corrió con la directora. Las cámaras mostraron una camioneta registrada a nombre de una empresa fantasma financiada por Transportes Salgado.
Confronté a Rodrigo.
—¿Mandaste recoger a mi hijo?
—Yo lo quiero como si fuera mío —respondió con una calma que me heló—. Deja de imaginar enemigos.
Tres días después, don Ernesto me llamó a su habitación.
—Quiero confesarte lo que hice —dijo.
Rodrigo entró con una taza de té de jengibre. Don Ernesto bebió 2 sorbos y cayó al suelo, convulsionando. En el hospital encontraron una dosis peligrosa de medicamento para el corazón.
Rodrigo aseguró que había sido un error de Teresa al organizar las pastillas.
Pero don Ernesto despertó y escribió con dificultad sobre una servilleta: “Él mató a Daniel”.
Esa noche, Julián me llamó.
—Encontramos al contador que hizo las transferencias. Está dispuesto a hablar.
Me reuní con él en una cafetería. César Paredes puso sobre la mesa recibos, audios y fotografías. En una grabación, Rodrigo ordenaba cargarle todos los fraudes a César. En otra, negociaba con un mecánico para “asustar” a Daniel manipulando los frenos.
Entonces César mostró el último documento: una póliza de seguro millonaria contratada por Rodrigo sobre la vida de su propio hermano semanas antes del choque.
Apenas terminé de leerla, recibí un mensaje desde el teléfono de Mateo:
“Mamá, ven sola al viejo muelle. Trae la memoria USB”.
Levanté la vista, pero Julián ya había entendido.
La verdad estaba a punto de salir completa, y mi hijo estaba en manos del hombre que había asesinado a su padre.