PARTE 2
Alejandro bajó corriendo las escaleras de cristal con una copa todavía en la mano.
—¿Qué hiciste, Mariana? —gritó desde el interior—. ¡Esta también es mi casa!
La puerta principal no se abrió para él.
El sistema inteligente de la mansión, que Alejandro presumía controlar desde su celular, acababa de expulsarlo. Su huella ya no existía. Su reconocimiento facial había sido borrado. Sus tarjetas estaban anuladas.
La pantalla de la entrada encendió en rojo:
ACCESO DENEGADO. PERSONA NO AUTORIZADA.
Karla apareció detrás de él, con el cabello despeinado y los labios pintados de rojo.
—Ale, dile a tus guardias que se calmen. Mi coche está afuera.
Antes de que Alejandro pudiera responder, 4 camionetas negras entraron por la calle privada. De ellas bajaron hombres con traje oscuro, auriculares discretos y chalecos con el emblema de Seguridad Robles.
Detrás venía una grúa.
Karla chilló cuando vio que dos agentes enganchaban las llantas de su Mercedes.
—¡No pueden tocar mi coche! ¡Eso es ilegal!
Mariana caminó lentamente hasta la mitad de la entrada. Seguía vestida de negro, con el mismo vestido que había usado para despedir a su madre. No parecía una esposa humillada. Parecía la heredera de una guerra.
Alejandro salió al fin cuando uno de los agentes abrió la puerta desde el sistema central.
—¡Soy el dueño! —vociferó—. ¡Soy Alejandro Cárdenas!
El jefe de seguridad, un hombre robusto llamado Ramírez, ni siquiera se inmutó.
—Usted ya no tiene autorización para permanecer en esta propiedad.
—¡Estoy casado con ella!
Mariana lo miró con una frialdad que le borró la voz.
—Y aun así nunca leíste el fideicomiso.
Alejandro tragó saliva.
—¿De qué hablas?
—La casa no está a mi nombre ni al tuyo. Pertenece al Fideicomiso Robles. La empresa de seguridad también. Las camionetas también. La calle privada también. Y desde las 6:14 de la mañana, después de la muerte de mi madre, yo soy la única albacea y directora ejecutiva.
Karla dejó de llorar por el Mercedes.
Alejandro sacó el celular.
—Voy a llamar a mi abogado. Voy a congelar las cuentas.
Mariana inclinó la cabeza.
—Hazlo.
Él abrió la aplicación del banco. Su rostro cambió.
Todas las cuentas conjuntas estaban bloqueadas.
Una notificación apareció en pantalla:
Fondos sujetos a investigación por fraude conyugal, desvío patrimonial y uso indebido de recursos corporativos.
—No… —murmuró Alejandro.
Entonces Ramírez se acercó a Mariana con una carpeta sellada.
—Señora, encontramos algo al iniciar el bloqueo. El señor Cárdenas intentó borrar archivos desde la red interna hace 11 minutos.
Mariana miró la carpeta.
—¿Qué archivos?
Ramírez bajó la voz.
—Contratos, planos de seguridad, claves de acceso y registros de transferencias a una cuenta en Miami. No era solo una infidelidad.
Alejandro levantó la cabeza de golpe.
—Eso es mentira.
Pero por primera vez, no sonó arrogante.
Sonó asustado.
Karla retrocedió un paso, soltando la bata de Mariana como si quemara.
Ramírez abrió la carpeta y mostró una hoja con firmas, correos impresos y depósitos marcados durante 2 años.
—Tenemos evidencia de que intentó vender información confidencial de Seguridad Robles a un competidor.
Mariana sintió que el duelo por su madre se mezclaba con una furia mucho más profunda.
Alejandro no solo había metido a su amante en su cama el día del funeral.
Había intentado vender el legado de su madre.
Ella dio un paso hacia él.
—Tienes 5 minutos para salir caminando.
Alejandro quiso responder, pero en ese momento se escucharon sirenas al otro lado de la reja.
No eran patrullas privadas.
Era la Fiscalía.
Y cuando Mariana vio bajar a 2 agentes con una orden judicial, entendió que su madre había dejado preparada una última trampa antes de morir…
PARTE 3:Para obtener más información,continúa en la página siguiente