Preparación
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Prendé el horno a 180 °C y prepará una placa con papel manteca.
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En un bowl, batí los huevos con el azúcar 1 a 2 minutos, hasta que se vea una mezcla más clara y espesa (no hace falta punto letra, solo que se airee un poco).
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Sumá la manteca derretida tibia, la vainilla, la ralladura de limón y el jugo de limón. Mezclá hasta integrar.
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En otro bowl, combiná la harina de almendras con el polvo de hornear y la sal.
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Incorporá los secos a la mezcla de huevos en dos tandas, mezclando con espátula hasta que no queden partes sueltas. Te tiene que quedar una masa blanda, húmeda y apenas sostenida (tipo pasta espesa).
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Dejá reposar 10 minutos. Este descanso ayuda a que la harina de almendras absorba y la masa tome cuerpo.
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Con una cuchara, armá montoncitos sobre la placa (tamaño galletita grande), dejando espacio entre cada uno. Si querés que queden bien prolijas, humedecé apenas la cuchara o las manos y acomodá suavemente la forma sin aplastar.
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Llevá al horno 10 a 13 minutos. Están listas cuando se ven firmes por arriba y doraditas en la base, pero todavía claras en la superficie. No las pases de cocción para que no queden secas.
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Sacalas y dejalas enfriar 10 minutos en la placa. Después pasalas a una rejilla y dejalas enfriar por completo.
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Cuando estén frías, espolvorealas con azúcar impalpable de manera generosa.
Tips y consejos:
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Si la masa te queda muy blanda para formar montoncitos, llevála 15 minutos a la heladera y listo.
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Para un sabor más marcado, usá limón bien aromático y ralladura fina (solo la parte amarilla).
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El punto de horno es clave: sacalas apenas doradas abajo; al enfriar terminan de asentarse y quedan bien tiernas.
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El azúcar impalpable va al final y con las galletitas frías, así queda bien blanco y no se humedece.
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Guardalas en recipiente cerrado: al día siguiente suelen estar incluso más suaves.
Quedan delicadas y bien perfumadas, con ese contraste entre la miga tierna y el azúcar impalpable por arriba.
Son perfectas para acompañar un mate o un café sin necesidad de meterse con masas complicadas.