PART 2:
…su mamá —intervino la señora—. Y desde hoy, usted es nuestro ángel del tren.
Daniel se sonrojó.
—No exagere, señora. Solo estaba cerca de la puerta.
Se sentaron los tres en un rincón del vagón.
El tren avanzaba entre campos secos, nopales, casitas de techo rojo y cerros lejanos que temblaban bajo el calor.
Doña Teresa explicó que iban a Querétaro para la boda de una sobrina. Habían salido tarde porque el taxi que pidieron nunca llegó y tuvieron que caminar varias cuadras hasta encontrar otro.
—Yo también voy a una boda —dijo Daniel.
—¿De quién? —preguntó Valeria.
—De una prima. La familia de mi mamá es de allá.
Valeria sonrió.
—Qué casualidad.
Ninguno imaginó que la casualidad apenas estaba empezando.
Después de un rato, doña Teresa recargó la cabeza contra la ventana.
—Voy a cerrar los ojos un momentito. Ya me espanté mucho por hoy.
Daniel le cedió más espacio y Valeria se sentó frente a él.
Por unos minutos, no dijeron nada.
El ruido del tren llenó el silencio.
Valeria miraba por la ventana, pero Daniel notó que sus manos seguían temblando.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí. Solo… pensé que no íbamos a alcanzarlo.
—Lo alcanzaron.
—Gracias a usted.
Daniel sonrió.
—A veces la vida nos sube al tren de formas muy poco elegantes.
Valeria soltó una risa suave.
Esa risa cambió algo en el aire.
Comenzaron a hablar de cosas simples: estudios, familia, trabajo, pueblos, comida favorita.
Valeria estudiaba contabilidad en Celaya y ayudaba a su madre en una pequeña papelería.
Daniel trabajaba con su padre en una tienda de refacciones, pero soñaba con abrir su propio negocio algún día.
—¿Y usted siempre rescata desconocidas de trenes en movimiento? —preguntó ella.
—Solo los miércoles.
—Hoy es sábado.
—Entonces fue un servicio extraordinario.
Valeria se rio otra vez.
El tren ya se estaba moviendo cuando Valeria apareció corriendo al final del andén, con una mochila colgada de un hombro y el corazón golpeándole el pecho como si quisiera salirse.
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