Detrás de ella venía doña Teresa, su madre, tratando de alcanzarla con una bolsa de tela en la mano y el rostro pálido por el cansancio.
—¡Mamá, apúrate! —gritó Valeria, mirando cómo el último vagón empezaba a alejarse de la estación.
Era mediodía en la pequeña estación de San Jacinto, un pueblo del centro de México donde el sol caía fuerte sobre las vías y el aire olía a polvo, comida frita y fierro caliente.
En una de las puertas del vagón, Daniel Herrera vio la escena desde su asiento junto a la ventana.
Tenía veintiséis años, camisa sencilla, pantalón oscuro y una mochila vieja a sus pies. Iba camino a Querétaro para asistir a la boda de una prima, sin imaginar que aquel viaje cambiaría para siempre el rumbo de su vida.
Cuando vio a la joven correr con desesperación, se levantó de golpe.
—¡Señorita! ¡Deme la mano! —gritó desde la puerta.
Valeria levantó la vista.
Por un segundo dudó.
El tren avanzaba lento, pero cada rueda que giraba parecía robarle una oportunidad.
Primero lanzó su mochila hacia Daniel.
Él la atrapó y la aventó hacia adentro.
Luego se inclinó para ayudar a doña Teresa, que llegó jadeando, con las piernas temblorosas.
—Con cuidado, señora. Yo la sostengo.
Daniel la tomó de ambos brazos y la subió al vagón con fuerza, pero sin brusquedad.
Doña Teresa cayó sentada sobre una maleta y se persignó.
—Ay, Virgen santísima…
Ahora faltaba Valeria.
El tren ya había tomado más velocidad.
Daniel extendió la mano todo lo que pudo.
—¡Ahora usted!
Valeria corrió los últimos pasos y tomó su mano.
Fue un contacto rápido, firme, desesperado.
Daniel tiró de ella con todas sus fuerzas. Valeria alcanzó el escalón, pero al entrar al vagón tropezó con un costal que alguien había dejado junto a la puerta.
Él intentó sostenerla.
No pudo.
Los dos cayeron sobre unas bolsas de ropa, con un golpe seco que hizo voltear a medio vagón.
Durante un instante quedaron tan cerca que pudieron escuchar la respiración del otro.
Valeria abrió los ojos, asustada.
Daniel la miró.
Y de pronto los dos empezaron a reír.
No una risa elegante, sino una risa nerviosa, de esas que salen cuando el miedo se rompe y el cuerpo entiende que todavía está vivo.
Doña Teresa también soltó una carcajada, aunque todavía se agarraba el pecho.
—Hija, por poco nos quedamos en tierra.
Valeria se levantó rápido y ayudó a Daniel.
—Perdón. Por mi culpa terminó en el suelo.
—No se preocupe —respondió él, acomodándose la camisa—. Lo importante es que alcanzaron el tren.
Valeria lo miró con gratitud.
Tenía el cabello oscuro recogido de prisa, algunos mechones pegados a la frente por el sudor, y unos ojos grandes que parecían guardar más cansancio que alegría.
—Me llamo Valeria.
—Daniel.
—Yo soy Teresa, su mamá —intervino la señora—. Y desde hoy, usted es nuestro ángel del tren.
Daniel se sonrojó.
—No exagere, señora. Solo estaba cerca de la puerta.
Se sentaron los tres en un rincón del vagón.
El tren avanzaba entre campos secos, nopales, casitas de techo rojo y cerros lejanos que temblaban bajo el calor.
Doña Teresa explicó que iban a Querétaro para la boda de una sobrina. Habían salido tarde porque el taxi que pidieron nunca llegó y tuvieron que caminar varias cuadras hasta encontrar otro.
—Yo también voy a una boda —dijo Daniel.
—¿De quién? —preguntó Valeria.
—De una prima. La familia de mi mamá es de allá.
Valeria sonrió.
—Qué casualidad.
Ninguno imaginó que la casualidad apenas estaba empezando.
Después de un rato, doña Teresa recargó la cabeza contra la ventana.
—Voy a cerrar los ojos un momentito. Ya me espanté mucho por hoy.
Daniel le cedió más espacio y Valeria se sentó frente a él.
Por unos minutos, no dijeron nada.
El ruido del tren llenó el silencio.
Valeria miraba por la ventana, pero Daniel notó que sus manos seguían temblando.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí. Solo… pensé que no íbamos a alcanzarlo.
—Lo alcanzaron.
—Gracias a usted.
Daniel sonrió.
—A veces la vida nos sube al tren de formas muy poco elegantes.
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