Valeria soltó una risa suave.
Esa risa cambió algo en el aire.
Comenzaron a hablar de cosas simples: estudios, familia, trabajo, pueblos, comida favorita.
Valeria estudiaba contabilidad en Celaya y ayudaba a su madre en una pequeña papelería.
Daniel trabajaba con su padre en una tienda de refacciones, pero soñaba con abrir su propio negocio algún día.
—¿Y usted siempre rescata desconocidas de trenes en movimiento? —preguntó ella.
—Solo los miércoles.
—Hoy es sábado.
—Entonces fue un servicio extraordinario.
Valeria se rio otra vez.
Y justo cuando empezaban a sentirse cómodos, su rostro cambió.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué pasó? —preguntó Daniel.
Ella bajó la voz.
—No se ría.
—No prometo nada.
Valeria tragó saliva.
—Con la carrera… con mi mamá… con la mochila… olvidamos comprar los boletos.
Daniel parpadeó.
Antes de que pudiera contestar, una voz seria sonó al otro lado del vagón.
—Revisión de boletos. Tengan sus boletos a la mano.
Valeria palideció.
Doña Teresa dormía profundamente, ajena al desastre que se acercaba con uniforme azul y una máquina de revisión en la mano.
El inspector avanzaba asiento por asiento.
Daniel miró a Valeria.
—Tranquila.
—¿Cómo quiere que esté tranquila?
—Déjeme hablar.
—Pero…
—Confíe.
Ella lo miró sin entender por qué esa palabra, dicha por un desconocido, no sonaba peligrosa.
El inspector llegó frente a ellos.
—Boletos.
Daniel entregó el suyo.
El hombre lo revisó, asintió y miró a Valeria.
—¿Y el suyo?
Valeria abrió la boca, pero no salió nada.
Daniel intervino.
—Señor, ella y su mamá subieron de emergencia. Venían corriendo, no alcanzaron a pasar por taquilla. Yo las ayudé a subir porque la señora venía muy cansada.
El inspector levantó una ceja.
—Eso no las exime de pagar.
—Lo sé. Haga los boletos y la multa correspondiente.
Valeria volteó hacia él.
—No, Daniel…
Él no la miró. Sacó dinero de su cartera y se lo dio al inspector.
Era casi todo lo que llevaba para el viaje.
El hombre imprimió dos boletos, cobró la multa y siguió caminando sin decir más.
Valeria se quedó helada.
—¿Por qué hizo eso?
Daniel guardó los boletos y se los entregó.
—Porque necesitaban llegar.
—Pero era mucho dinero.
—El dinero se recupera.
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