PART 2: …su mamá —intervino la señora—. Y desde hoy, usted es nuestro ángel del tren. Daniel se sonrojó…..

—No siempre.

Daniel la miró con seriedad.

—Entonces ojalá este sí.

Ella bajó la vista.

De pronto, aquel joven que acababa de conocer no parecía solo amable. Parecía una de esas personas raras que ayudan sin hacer ruido, sin esperar aplausos, sin convertir la bondad en deuda.

Doña Teresa despertó minutos después.

Cuando Valeria le contó lo ocurrido, la señora juntó las manos.

—Hijo, que Dios te bendiga. Hoy no solo nos subiste al tren. Nos quitaste una vergüenza enorme.

Daniel se apresuró a tomarle las manos.

—No me diga así, doña Teresa. Me va a hacer sentir viejo.

La señora se rio.

Más tarde, Daniel compró tres cafés y unas empanadas a un vendedor que pasó por el vagón.

Valeria quiso pagar su parte.

Él no la dejó.

—Hoy invito yo. Ya que caímos juntos al piso, por lo menos comamos como conocidos.

—Eso no tiene lógica.

—Pero suena bien.

El viaje se volvió corto.

Demasiado corto.

Cuando el tren se acercó a Querétaro, las luces de la ciudad empezaron a aparecer y el cielo se pintó de naranja.

Valeria sintió una tristeza extraña.

Apenas conocía a Daniel, pero le pesaba pensar que al bajar quizá no volvería a verlo.

Daniel pensó en pedirle su número.

Lo pensó una vez.

Luego otra.

Pero cada vez se detuvo.

No quería parecer atrevido. No quería que su ayuda pareciera una excusa. No quería arruinar algo tan limpio con una intención mal entendida.

Al bajar del tren, ayudó a doña Teresa con las bolsas.

Caminaron juntos hasta la salida.

—Nosotras tomaremos un taxi aquí —dijo la señora—. Hijo, muchas gracias por todo.

Valeria lo miró en silencio.

—Que le vaya bien en la boda —dijo él.

—A usted también.

La despedida fue sencilla, pero ninguno se movió de inmediato.

Doña Teresa tuvo que tocarle el brazo a su hija.

—Vamos, Valeria. Se nos hace tarde.

Valeria caminó unos pasos, luego volteó.

Daniel seguía ahí.

Ella volvió a mirar dos veces más antes de perderse entre la gente.

Daniel quedó parado en la entrada de la estación con una sensación absurda de vacío.

Como si hubiera dejado ir algo que todavía no sabía nombrar.

Veinte minutos después, llegó al jardín donde sería la boda.

Había luces colgadas entre árboles, música de banda, olor a carnitas, flores blancas en la entrada y familiares abrazándose con esa emoción ruidosa de las bodas mexicanas.

Daniel saludó a unos tíos, dejó su mochila en una mesa y buscó a su madre entre la multitud.

Entonces la vio.

Valeria estaba al otro lado del jardín, junto a doña Teresa, hablando con una mujer de vestido azul.

Daniel se quedó inmóvil.

Ella giró por casualidad.

Sus ojos se encontraron.

La sorpresa apareció primero.

Después una sonrisa enorme.

Valeria caminó hacia él casi sin pensar.

—¿Usted aquí?

Daniel soltó una carcajada.

—Le iba a preguntar exactamente lo mismo.

 Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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