PART 2: …su mamá —intervino la señora—. Y desde hoy, usted es nuestro ángel del tren. Daniel se sonrojó…..

Doña Teresa se acercó detrás.

—¡No puede ser! ¿También venías a esta boda?

—Sí, señora. La novia es mi prima.

Valeria se llevó una mano a la boca.

—La novia es mi prima también, por parte de mi papá.

Los tres se miraron.

Y por un instante, todo lo que había pasado en el tren pareció menos casualidad y más destino disfrazado de retraso.

Esa noche Daniel y Valeria hablaron en un rincón del jardín mientras los demás bailaban.

Ya no tenían la urgencia del tren ni el miedo al inspector.

Tenían tiempo.

Hablaron de la caída, de la multa, del susto de doña Teresa, de cómo ambos creyeron que no volverían a verse.

—Yo pensé pedirle su número —confesó Daniel.

Valeria lo miró.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque no quería que pensara que la ayudé por interés.

Ella sonrió.

—Yo pensé dárselo.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque me dio pena.

Daniel fingió indignación.

—Entonces estuvimos a punto de perder una historia por pura vergüenza.

—Parece que la vida tuvo que traernos a la misma boda para corregirnos.

Los tres días de celebración hicieron el resto.

El primer día conversaron.

El segundo salieron con otros primos a conocer el centro de Querétaro.

El tercero, durante la despedida, Daniel ya no dudó.

—Valeria, ¿puedo llamarte cuando regresemos?

Ella bajó la mirada, pero sonrió.

—Puedes.

Y esta vez ninguno dejó que el silencio decidiera por ellos.

Después de la boda, siguieron hablando.

Al principio eran mensajes cortos.

Luego llamadas largas.

Después, Daniel empezó a viajar algunos domingos para verla. Tomaban café en una fondita cerca de la papelería de doña Teresa, caminaban por la plaza y hablaban de planes que cada vez sonaban menos separados.

No todo fue fácil.

La distancia cansaba.

El dinero no sobraba.

A veces Daniel se preguntaba si estaba avanzando demasiado rápido.

A veces Valeria temía que aquella historia nacida en un tren se quedara solo en una ilusión bonita.

Pero había algo constante entre ellos: la forma en que se cuidaban.

Daniel nunca le pidió a Valeria que dejara sus estudios.

Valeria nunca se burló de los sueños sencillos de Daniel.

Doña Teresa, que al principio miraba todo con cautela, terminó diciendo una tarde:

—Hija, hay hombres que llegan con promesas grandes y manos vacías. Daniel llegó con una mano extendida cuando ustedes más lo necesitaban. Eso no se olvida.

Un año después, Daniel abrió su pequeño negocio de refacciones con ayuda de su padre.

Valeria terminó la carrera.

Cuando Daniel le pidió matrimonio, no lo hizo en un restaurante caro ni frente a mucha gente.

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