—¿Me estás diciendo que Martha ha estado limpiando mientras vosotros organizabais fiestas?
Nadie contestó.
El hombre negó lentamente con la cabeza, dejó su copa y se marchó.
Después de él, salieron otros dos invitados.
En cuestión de minutos, la fiesta empezó a deshacerse.
Pero Julian todavía no había comprendido la gravedad de la situación.
Porque Harrison tenía una última noticia que cambiaría por completo su actitud.
—Señor Julian —dijo el abogado—, hemos descubierto que usted intentó presentar una factura relacionada con unas supuestas reparaciones de la propiedad a nombre de mi clienta. Estamos verificando su origen y si realmente se realizaron esos trabajos.
Julian palideció.
Natalie lo observó en silencio.
—¿Qué reparaciones? —preguntó.
Harrison le mostró la factura.
La cantidad ascendía a 18.400 dólares.
Natalie reconoció inmediatamente el nombre de la empresa.
Era una compañía que nunca había contratado.
Y el domicilio fiscal correspondía a un apartado postal que Julian utilizaba para recibir correspondencia comercial.
—Julian —dijo ella—, será mejor que tengas una explicación.
Él abrió la boca, pero no consiguió pronunciar una sola palabra.
Por primera vez desde que Natalie había regresado de Dubái, parecía comprender que ya no podía controlar la situación.
Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó cuando Khloe, temblando, tomó a su hermana del brazo y susurró:
—Hay algo que no sabes sobre mamá. Y si descubres la verdad, quizá nunca vuelvas a mirarnos de la misma manera.
PARTE 3: El secreto de Martha y la última oportunidad de una familia
Natalie se volvió hacia su hermana.
—¿De qué estás hablando?
Khloe miró a Julian, que negó discretamente con la cabeza.
Aquel gesto bastó para que Natalie comprendiera que existía algo más.
—Dímelo ahora —exigió.
Khloe respiró profundamente.
—Hace unos meses, mamá quiso marcharse. Había encontrado un pequeño apartamento donde podía vivir tranquila. Yo le dije que no debía abandonarnos porque necesitábamos su ayuda.
Natalie sintió una punzada en el pecho.
—¿Y qué hicisteis cuando quiso irse?
Khloe comenzó a llorar.
—Julian le dijo que no tenía dinero suficiente y que, si se marchaba, tendría que pagar todos sus gastos sola. Le dijimos que tú podrías vender la casa si descubrías lo que estaba pasando.
Natalie cerró los ojos.
Su madre había trabajado durante décadas para criar a sus dos hijas. Después de enviudar, había seguido adelante con una dignidad que Natalie siempre había admirado.
Y ahora aquella mujer vivía con miedo dentro de una casa que su propia hija le había comprado para protegerla.
—¿La amenazasteis? —preguntó Natalie.
—No exactamente…
—Khloe, no me mientas.
Su hermana se secó las lágrimas.
—Julian le dijo que nadie le creería si denunciaba la situación. También le aseguró que tú estabas demasiado ocupada en Dubái para preocuparte por ella.
Natalie sintió que la rabia le subía por el pecho, pero se obligó a respirar.
No quería tomar decisiones impulsivas.
Quería asegurarse de que su madre estuviera protegida y de que cualquier responsabilidad se determinara con pruebas.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Harrison.
—En el hotel —respondió Natalie—. Está descansando.
Harrison asintió.
—Entonces, lo primero es garantizar que pueda regresar a una vivienda segura. Después resolveremos el resto mediante los procedimientos correspondientes.
Julian intentó intervenir.
—Estáis exagerando todo. Martha nunca nos pidió que nos marcháramos.
Natalie lo miró fijamente.
—Mi madre no tenía que suplicarte que la trataras con respeto en su propia casa.
Él apretó la mandíbula.
—No puedes echarnos sin más.
—No lo haré por la fuerza —respondió Natalie—. Mi abogado se encargará de que todo se haga conforme a la ley. Pero tampoco voy a permitir que sigáis aprovechándoos de mi madre.
Harrison explicó que enviaría una notificación formal y que revisaría qué procedimiento de desalojo correspondía según las circunstancias. Hasta que se resolviera la situación, Natalie no cambiaría las cerraduras ni retiraría las pertenencias de los ocupantes sin la autorización legal necesaria.
Aquella respuesta pareció irritar a Julian más que cualquier amenaza.
Había esperado una discusión, gritos y quizá una reconciliación precipitada.
No esperaba que Natalie actuara con tanta calma.
Al día siguiente, Natalie regresó al hotel con el desayuno favorito de su madre: huevos, pan tostado y café con leche.
Martha estaba sentada junto a la ventana, mirando los árboles de la calle.
—¿Has dormido bien? —preguntó Natalie.
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