PARTE 2
Corrí hacia la directora Patricia y la sujeté de los hombros antes de que pudiera alejarse. —¿Qué le hizo a mi esposa? No gritó ni pidió ayuda. Acercó la cara a la mía y respondió en voz baja: —Lo mismo que le puede pasar a tu niña si sigues haciendo escándalo. La maestra Lucía me apartó mientras varias madres dejaban de grabar. La mujer del rebozo levantó una memoria USB rosa y gritó: —¡Valeria dejó pruebas! Patricia perdió el color. La desconocida se llamaba Teresa. Había trabajado como intendente del kínder. Me entregó una caja de medicinas envuelta con cinta. Dentro había una fotografía de Valeria frente a la escuela, una llave pequeña, la memoria USB y un papel con la dirección de unos casilleros en el mercado de Santa Martha. —Esa camioneta blanca la siguió el día que murió —dijo señalando el vehículo que aparecía al fondo de la foto—. No tenía placas, pero pertenecía a Saúl Robles, primo de Patricia. Durante semanas yo había repetido la versión oficial: lluvia, pavimento resbaloso, un conductor que escapó y un caso sin testigos. Valeria había salido por pan y apareció sin vida junto a una avenida. Dos bolillos mojados quedaron tirados cerca de su bolsa. Teresa confesó que Valeria investigaba algo dentro del kínder. A algunos niños les ponían gotas sedantes en el jugo para mantenerlos quietos. Además, la directora desviaba dinero de becas y falsificaba recibos con ayuda de un médico particular. —Yo vi frascos, sobres y listas —dijo Teresa—. Valeria también. La diferencia es que ella no quiso callarse. La maestra Lucía comenzó a llorar. —Yo sabía una parte —admitió—. Patricia me amenazó con hacerle daño a mis hijos. Fui una cobarde. Llevamos a Renata a
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