PARTE 3 Santiago no gritó. Eso fue lo más terrible. Se quedó mirando el celular, pálido, como si acabara de descubrir que la mujer con la que se había casado unas horas antes era una desconocida. —Renata —dijo despacio—, dime que esto no es verdad. Ella empezó a llorar. —Yo solo quería ayudar a mi papá. Mi padre se acercó intentando recuperar el control. —Esto es un malentendido. Mariana está manipulando todo porque siempre ha sido resentida. Pero ya nadie lo escuchaba igual. Iván pidió proyectar los documentos en una pantalla privada del salón ejecutivo. Santiago llamó a su padre, Don Esteban Arriaga. En menos de 20 minutos, la boda perfecta se convirtió en una reunión de emergencia. Los correos mostraban que Renata había entrado varias veces a mi plataforma profesional usando una contraseña antigua que yo compartí con ella años atrás, cuando todavía quería creer que éramos hermanas. Mi padre había utilizado esos análisis para ganar un contrato con inversionistas de los Arriaga. No solo me habían borrado de la familia. También habían robado mi trabajo. Mi madre se tapó la boca. —Alfonso, ¿qué hiciste? Mi padre, acorralado, dejó caer la máscara. —Hice lo necesario. Esa empresa también debió ser nuestra. Mariana nos debía algo después de darnos la espalda. Sentí un dolor frío. —Yo no les di la espalda. Ustedes me empujaron fuera de la casa. Renata cayó sentada, destrozada. —Perdóname —susurró—. Papá me dijo que si no lo ayudaba, iba a perderlo todo. Yo pensé… pensé que tú ya tenías suficiente. La miré. Durante años la imaginé como mi enemiga, pero en ese instante vi algo peor: una mujer criada para obedecer, aterrada de dejar de ser la hija perfecta. Don Esteban fue claro. —Podemos demandarlos esta misma noche. Mi padre palideció. Mi madre
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