Parte 2 : —El abuelo no se murió solito. La abuela me dijo que no le contara a nadie.
Esa tarde, mi hermana fue a recoger las cosas de Camila y las mías a la casa. Diego estaba ahí. No la dejó entrar. Le dijo que esperara. Tardó cuarenta minutos. Cuando por fin le abrió, ya había cosas que no estaban.
El cajón donde yo guardaba los papeles de la adopción estaba vacío.
Lo que no sabía Diego era que yo ya los tenía escaneados en el correo. Y lo que no sabía mi suegra era que la foto que tomé en su casa, la del formato, tenía fecha y hora automática del celular.
La licenciada Norma dijo que con eso podíamos trabajar.
Tres días después, Diego me mandó un mensaje. Decía: necesito que sepas que yo no sabía lo del albergue.
Solo eso.
Yo lo leí cuatro veces. Y no le contesté. Porque necesitaba que alguien me explicara qué había firmado antes de creer una sola palabra.
La licenciada pidió los documentos notariales a nombre de Diego relacionados con la herencia del suegro. Tardaron una semana en llegar.
Cuando los revisó, me llamó.
—Señora, ¿puede venir mañana temprano? Hay algo que tiene que ver con sus propios ojos.
Fui. Sola. Mi hermana se quedó con Camila.
La licenciada puso dos papeles sobre el escritorio, uno junto al otro.
—Este es el poder notarial que su suegro le dio a su esposo hace dos años —dijo—. Para administrar sus bienes en caso de enfermedad o incapacidad. Su esposo lo firmó aquí.
Señaló una firma al fondo de la hoja.
—Este otro —puso el dedo en el segundo papel— es el documento con el que su suegra tramitó el cambio de titularidad de la casa esta semana. El que dice que Diego cedió sus derechos sobre la propiedad a favor de ella.
—¿Cuándo lo firmó Diego?
—Eso es lo que quiero que vea. La firma de este segundo papel. Compárela con la del poder notarial.
Las miré.
Una era la letra de Diego. La conocía de memoria. Torcida hacia la derecha, la D grande, el loop al final.
La otra también parecía su letra. Casi.
—¿Son distintas? —pregunté.
—Un perito lo confirmaría. Pero yo llevo veinte años viendo firmas, señora. Esta —tocó el segundo papel— no la hizo su esposo.
Me faltó aire.
—¿La falsificaron?
—Su suegra tenía el poder notarial. Con él podía hacer muchas cosas legalmente. Pero ceder la propiedad completa requería la firma directa de Diego, no el poder. Alguien firmó por él sin que él lo supiera.
Diego no había firmado para quitarme a Camila.
Diego no sabía nada de ese papel.
La que firmó fue otra persona. Con su nombre. Con su letra falsificada.
Me tapé la boca.
No dije nada.
La licenciada esperó.
—Entonces Diego…
—Según esto, señora, su esposo también fue engañado.
Me quedé con esa frase atorada en algún lugar entre la garganta y el pecho. Llevaba días pensando en Diego como el hombre que nos había vendido. A mí y a Camila. El hombre que sabía y no dijo nada.
Y resultaba que había un papel con su nombre que él nunca firmó.
Preferí que fuera culpable. Eso es lo que pensé en ese momento y no me enorgullece. Era más fácil tenerle coraje que entender que también a él lo habían usado.
Pero entonces recordé algo.
Recordé que Diego, las últimas semanas, llegaba del trabajo y se metía directo a su cuarto. Que casi no preguntaba por Camila. Que cuando salía lo de la herencia se ponía raro.
Yo pensé que era distancia. Que se estaba alejando.
¿Y si no era distancia? ¿Y si era culpa? ¿Y si él sabía que algo estaba pasando pero no sabía bien qué, y tampoco sabía cómo decírmelo?
La licenciada me dijo que podíamos presentar una denuncia por falsificación de firma. Que con el peritaje, la herencia no se sostenía. Que Camila seguía siendo mi hija, legal y completamente, y que ningún papel del mundo podía cambiar eso sin una orden judicial.
Salí a la calle con los papeles en la bolsa.
Marqué el número de Diego.
Sonó.
Una vez. Dos.
—¿Bueno?
Su voz sonaba distinta. Más cansada. Con algo que no supe nombrar.
—Diego. ¿Tú sabías que tu mamá iba a intentar quitarme a Camila?
Silencio.
—No. —Y luego, más bajo—: ¿Ella te dijo que yo firmé algo?
—Sí.
Otro silencio. Más largo.
—Yo no firmé nada para quitarte a Camila. Te juro por lo que más quiero que no firmé eso.
—¿Y qué firmaste?
No contestó de inmediato.
—Firmé un papel que mi mamá me dijo que era para el predial. Para no perder la casa de mi papá por adeudos. Me dijo que era urgente. Que si no lo firmaba esa semana, se iba a rematar.
El predial.
Un papel que mi suegra le dijo que era para el predial.
Y él firmó sin leerlo porque era su mamá y confiaba.
—Diego.
—Dime.
—¿Sabías lo del albergue? Lo del formato para regresar a Camila.
—No. —Su voz ya no sonaba cansada. Sonaba rota—. ¿Qué formato? ¿De qué estás hablando?
Parte 4 : Para obtener más información,continúa en la página siguiente