Parte 2: EL DÍA EN QUE MI EXESPOSO DESCUBRIÓ QUE YA NO TENÍA NINGÚN PODER SOBRE MÍ

Salió corriendo feliz.

Marcus la siguió con la mirada.

Después volvió a mirarme.

—¿Ella es…?

Julian respondió antes que yo.

—Nuestra hija.

Marcus guardó silencio.

Cinco años atrás había repetido muchas veces que yo nunca podría rehacer mi vida sin él.

Que nadie querría a una mujer “obsesionada con el trabajo”.

Ahora tenía delante exactamente lo contrario.

Una familia.

Una hija.

Y una tranquilidad que él nunca consiguió quitarme.

Chloe intentó romper el silencio.

—Bueno… todos seguimos adelante.

Sonreí.

—Exactamente.

Julian notó la tensión.

—¿Interrumpimos algo?

Negué con calma.

—No.

La conversación ya terminó.

Pensé que aquello sería el final.

Pero Marcus volvió a hablar.

—Evelyn…

Esperé.

—¿Nunca utilizaste aquellos archivos?

Sabía perfectamente a qué se refería.

Los registros financieros que había descubierto antes del divorcio.

Negué lentamente.

—No.

Chloe frunció el ceño.

—¿Qué archivos?

Marcus no respondió.

Yo sí.

—Durante nuestro matrimonio encontré irregularidades contables.

Las guardé porque pensé que algún día necesitaría protegerme.

Miré directamente a Marcus.

—Nunca las usé.

Porque preferí construir una vida nueva en lugar de destruir la tuya.

Julian me observó con una mezcla de orgullo y sorpresa.

—Nunca me habías contado eso.

Sonreí.

—Porque pertenece al pasado.

Marcus bajó la cabeza.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía avergonzado.

—Yo pensaba que estabas esperando el momento para vengarte.

—No.

Respiré hondo.

—Mientras tú seguías pensando en ganar o perder, yo ya estaba ocupada viviendo.

En ese momento un hombre del comité organizador se acercó a Julian.

—Señor Rhodes, los miembros del consejo ya llegaron.

Julian asintió.

Luego me miró.

—¿Vienes conmigo?

—Enseguida.

Él besó suavemente mi frente.

—Las espero.

Tomó la mano de Emma y ambos caminaron hacia el otro extremo del salón.

Marcus permanecía inmóvil.

Cuando estuvimos solos, habló casi en un susurro.

—Nunca dejé de pensar en ti.

Lo miré sin rabia.

Sin tristeza.

Simplemente con distancia.

—No confundas arrepentimiento con amor.

Sus labios temblaron.

—Cometí el peor error de mi vida.

Asentí.

—Probablemente.

—¿Hay alguna posibilidad…?

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