PARTE 2   El mensaje de doña Teresa se quedó brillando en la pantalla……

PARTE 2
 El mensaje de doña Teresa se quedó brillando en la pantalla, pero Andrés no contestó. Tenía algo más importante enfrente: Mateo ardía en fiebre y respiraba demasiado rápido. —¿Cuánto marcó la última vez? —preguntó. Mariana se limpió las lágrimas con la manga. —Casi 39.3. Le di medicina hace una hora. La enfermera del consultorio dijo que lo vigilara, pero… yo ya no sé si estoy exagerando. —No estás exagerando. Andrés buscó el termómetro, anotó la hora en una libreta y revisó a Mateo. El niño apenas podía mantenerse despierto. Cada tos le sacudía el pecho. —Nos vamos a urgencias. Mariana se quedó parada, culpable. —Debí llevarlo antes. —No —dijo Andrés, firme—. No vas a cargarte eso tú sola. Nos vamos ya. Mientras metía pañales, agua, una cobija y el muñeco de dinosaurio de Mateo en una mochila, Mariana empezó a hablar con voz bajita, como si le diera miedo contar la verdad completa. —Tu mamá llegó el lunes. Dijo que Fernanda necesitaba quedarse unos días porque tuvo problemas con su roomie. Yo le dije que tú no estabas, pero contestó que la familia no pide permiso. Andrés apretó la quijada. —El martes llamaron de la guardería porque Mateo tenía fiebre. Yo pensé que me iban a ayudar. Pero tu mamá decía que no quería meterse en mi manera de criar. Fernanda dormía hasta mediodía, pedía comida por aplicación y dejaba todo tirado. Cuando Mateo lloraba, subía el volumen del celular. —¿Por qué no me dijiste? Mariana bajó la mirada. —Porque todas las noches te escuchaba cansado. Porque tu mamá me hacía sentir inútil. Porque cada vez que pedía ayuda, me decía que ella a tu edad podía con todo sin andar dando lástima. Andrés sintió vergüenza. No solo por lo que había pasado esos 5 días, sino por todos los años en que había dicho: “Así es mi mamá, no le hagas caso”. En urgencias, el médico confirmó lo que Mariana temía: Mateo tenía infección respiratoria y signos de deshidratación. No era mortal, pero esperar más podía complicarse. Le pusieron suero, lo monitorearon y le dieron medicamento. Mariana lloró en silencio en la sala de espera. —Ella me dijo que yo lo consentía demasiado —murmuró—. Que por eso lloraba. Andrés le tomó la mano. —Mi madre no decide qué significa ser buena mamá en esta familia. Volvieron a casa casi al amanecer. Mateo dormía, todavía caliente, pero más tranquilo. Andrés lo acostó con el humidificador encendido. Cuando bajó, encontró a Mariana sentada en la escalera, mirando la nada. —Perdón —dijo él. Ella levantó la vista. —¿Por qué? —Por cada vez que preferí no pelear con mi mamá y te dejé sola con sus comentarios. Por cada vez que pensé que aguantar era mantener la paz. Mariana tragó saliva. —Yo nunca quise que escogieras entre nosotras. —Te escogí cuando me casé contigo. Solo que no actué como si lo hubiera hecho. Ella volvió a llorar, pero esta vez no parecía derrota. Parecía cansancio saliendo del cuerpo. A la mañana siguiente, el celular de Andrés tenía 14 llamadas perdidas, audios de doña Teresa y mensajes de Fernanda: “Mariana te lavó el cerebro”, “Mamá está destrozada”, “Eres un mal hijo”. Andrés no contestó. Limpió la cocina, lavó ropa, tiró basura del cuarto de visitas. Encontró platos escondidos bajo la cama, vasos pegajosos en el baño y el cargador de Mariana dentro de la bolsa de Fernanda. Cuando Mariana bajó, todavía pálida, vio la casa limpia y se quedó callada. —¿Qué va a pasar ahora? —preguntó. Andrés le sirvió café. —Voy a llamar a mi mamá. En altavoz. Tú no tienes que decir nada. Mariana se tensó. —No quiero otro pleito. —Por eso mismo hay que hablar claro. Doña Teresa contestó al primer timbrazo. —¿Ya vas a disculparte? Andrés respiró hondo. —No. Te llamo para poner límites. Hubo un silencio frío. —¿Límites conmigo? —No vienes a esta casa sin invitación. No te quedas a dormir si Mariana y yo no estamos de acuerdo. No criticas su manera de criar, su casa ni su carácter. Y si Mateo está enfermo, ayudas o te vas. La risa de doña Teresa fue seca. —Eso te lo está dictando ella. Andrés miró a Mariana, que apretaba la taza con ambas manos. —No. Esto lo digo yo, demasiado tarde. Fernanda gritó desde el fondo: —¡Dile que su esposa se hace la víctima! Andrés acercó el teléfono. —Fernanda, mientras no le pidas perdón a Mariana, no vuelves a pisar esta casa. —¿Perdón por qué? —Por descansar en nuestro sillón mientras mi hijo lloraba enfermo a 3 metros de ti. Doña Teresa habló más bajo, pero con más veneno: —Estás escogiendo a esa mujer sobre tu sangre. Andrés cerró los ojos un segundo. —Estoy protegiendo a la familia que formé. Entonces doña Teresa soltó una frase que dejó helada a Mariana: —Pregúntale a tu esposa por qué no quiso llevar al niño al doctor desde el martes… tal vez no soy la única que ocultó cosas. ¿Qué crees que quiso decir doña Teresa con eso? La verdad que venía podía cambiar por completo de quién era la culpa…
PARTE 3           Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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