—Usted, yo y su hermano menor, Lorenzo.
El silencio cayó como una losa.
Lorenzo Moretti.
Mi hermano.
Mi mano derecha durante los últimos quince años.
El hombre que había llorado junto a mí durante el funeral de nuestro padre.
El mismo que me había entregado las pruebas contra Daniel.
—¿Estás diciendo que Lorenzo manipuló las cámaras?
Marcus negó lentamente.
—Estoy diciendo que su cuenta administrativa autorizó las modificaciones.
Miré otra vez el papel de Lily.
El traidor duerme bajo tu techo.
De pronto, aquellas seis palabras adquirieron un significado aterrador.
Ordené revisar las pruebas originales del caso de Daniel.
Durante horas estudiamos movimientos bancarios, registros de acceso y documentos internos.
Cada nuevo hallazgo resultaba más inquietante.
Los millones desaparecidos habían pasado por una empresa fantasma.
La empresa estaba registrada a nombre de un antiguo socio comercial de Lorenzo.
Las grabaciones utilizadas para demostrar la supuesta traición de Daniel habían sido modificadas.
Y el informe que me convenció de su culpabilidad llevaba la firma de mi hermano.
Me levanté lentamente.
—Tráiganme a Lorenzo.
Marcus me observó.
—¿Aquí?
—Al despacho principal. Y que nadie le diga lo que hemos encontrado.
Lorenzo llegó a las ocho de la mañana.
Vestía un traje gris impecable y llevaba su habitual sonrisa despreocupada.
—Hermano, ¿qué emergencia justifica despertarme tan temprano?
No respondí.
Señalé la silla frente a mí.
—Siéntate.
Su sonrisa desapareció ligeramente.
—¿Qué ocurre?
Deslicé la fotografía de Daniel sobre la mesa.
Lorenzo la observó.
—¿Por qué estamos hablando de un muerto?
—Porque quizá murió siendo inocente.
Mi hermano se quedó inmóvil.
Después soltó una pequeña carcajada.
—Dante, ese hombre nos vendió.
—¿Estás seguro?
—Absolutamente.
Coloqué los registros alterados frente a él.
—Entonces explícame por qué tu cuenta autorizó estas modificaciones.
Su rostro perdió color.
Por primera vez en quince años, Lorenzo no encontró una respuesta inmediata.
—Alguien debió utilizar mis credenciales.
—Eso es posible —respondí—. Por eso quiero que me ayudes a descubrir quién fue.
Su expresión cambió.
Esperaba amenazas.
Esperaba violencia.
No esperaba que le ofreciera la oportunidad de explicar las pruebas.
—Por supuesto —murmuró.
Entonces sonó su teléfono.
Miró la pantalla.
Y lo apagó inmediatamente.
Pero yo había alcanzado a ver el nombre.
Victoria.
Mi esposa.
Victoria Moretti llevaba nueve años casada conmigo.
Era elegante, inteligente y extraordinariamente cuidadosa con sus palabras.
También era la única persona de aquella mansión que había insistido en despedir a la madre de Lily después de la muerte de Daniel.
Según ella, mantener a la familia Hayes cerca era una amenaza para nuestra seguridad.
Yo me había negado.
No por compasión.
Sino porque una parte de mí nunca había conseguido olvidar la mirada de Daniel cuando juró que era inocente.
Aquella mañana comprendí que mi decisión de conservar a su familia en la propiedad quizá había salvado mi imperio.
Llamé a Victoria.
Contestó al segundo tono.
—Cariño, ¿ocurre algo?
—Necesito verte.
—Estoy ocupada.
—Es importante.
Hubo una pausa.
—¿Tiene que ver con esa niña?
Sentí que la sangre se me helaba.
No le había mencionado a Lily.
—¿Qué niña?
Victoria guardó silencio.
Después respondió:
—La hija de la criada. Lorenzo me dijo que estaba causando problemas.
Miré a mi hermano.
Su rostro estaba completamente pálido.
—Entiendo —dije.
Y terminé la llamada.
A mediodía, encontré a Lily sentada junto a su madre, Elena Hayes, en una pequeña sala de descanso.
Elena se levantó inmediatamente.
—Señor Moretti, si mi hija hizo algo malo, por favor, castígueme a mí.
Aquellas palabras me avergonzaron.
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