PARTE 2:
“Ese papel no es asunto tuyo”, dijo la maestra Patricia, pero su voz ya no sonaba firme.
Valeria no obedeció. Caminó hasta el escritorio mientras los paramédicos seguían tratando de estabilizarme en el piso. Yo no podía hablar, pero escuchaba todo como si estuviera atrapada detrás de una puerta.
La hoja estaba doblada y tenía mi nombre completo: Marisol Hernández López.
Valeria la tomó.
“¡Dámela!”, gritó la maestra.
Ese grito hizo que varios compañeros sacaran el celular. No para burlarse. Para grabar.
El director, el profesor Ramírez, entró corriendo al salón con la camisa medio salida y la cara desencajada.
“¿Qué pasó aquí?”
“Necesitamos trasladarla ya”, dijo uno de los paramédicos. “Tiene pulso irregular y hubo retraso en la atención.”
La palabra “retraso” cayó como piedra.
“No hubo retraso”, se defendió la maestra Patricia. “Yo conozco a mis alumnos. Ella siempre busca llamar la atención.”
Valeria abrió la hoja. Sus manos temblaban.
“Esto es un aviso para su mamá”, dijo. “Dice que Marisol reportó mareos frecuentes, dolor en el pecho y dificultad para respirar.”
El director se la arrebató suavemente y la leyó. Su expresión cambió. Primero sorpresa. Luego enojo.
“Maestra Patricia… esta fecha es de hace dos semanas.”
El salón entero se quedó en silencio.
“Yo iba a mandarlo”, dijo ella.
“¿Hace dos semanas iba a mandarlo?”, preguntó el director, muy despacio.
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