PARTE 2: “Ese papel no es asunto tuyo”, dijo la maestra Patricia,….
La maestra no contestó.
Yo quería llorar, pero ni eso podía hacer. Mi pecho subía y bajaba con dificultad. Sentía la mascarilla fría sobre la cara y las voces cada vez más lejanas.
Uno de los paramédicos habló por radio:
“Menor inconsciente, posible evento cardíaco, presión inestable. Solicito traslado urgente.”
Evento cardíaco.
Algunos compañeros soltaron un grito ahogado. Valeria se tapó la boca.
La maestra Patricia intentó acercarse a mí, pero el paramédico la detuvo.
“Necesitamos espacio.”
“Yo no sabía que era grave”, murmuró ella.
Valeria la miró con lágrimas.
“Sí sabía que algo estaba mal. Ella se lo dijo. Muchas veces.”
Otro compañero, Diego, levantó la voz desde la ventana.
“Usted dijo que estaba harta de sus actuaciones.”
“Yo no dije eso.”
“Sí lo dijo”, respondió una niña del primer banco. “Todos lo escuchamos.”
El director respiró hondo, como si quisiera mantener la calma delante de todos, pero no podía.
“Maestra, salga del salón.”
Ella abrió la boca, indignada.
Próximo
“¿Perdón?”
“Salga. Ahora.”
Los paramédicos me subieron a la camilla. Al pasar junto al escritorio, vi la hoja en la mano del director. Mi nombre escrito ahí parecía una prueba de algo que nadie quiso creer.
En el pasillo, antes de que las puertas de la ambulancia se cerraran, escuché a Valeria gritar:
“¡Su mamá nunca recibió ese aviso!”
Y entonces entendí que mi mamá no sabía nada.
No sabía que yo había pedido ayuda.
No sabía que la escuela ya tenía un reporte.
No sabía que alguien decidió guardarlo.
Pero lo peor todavía no se había descubierto…