PARTE 2: Fui directo a la casa de mi madre en Coyoacán.
La fachada seguía igual: portón azul, bugambilias en el balcón, paredes blancas, todo tan perfecto que parecía esconder algo podrido debajo. Mi mamá abrió con sus perlas puestas, como si incluso para estar en casa necesitara recordar que era una señora respetable.
—Vi a Roberto —dije sin saludar.
Su sonrisa desapareció apenas medio segundo.
Suficiente.
—¿Dónde? —preguntó.
—En la calle. Recogiendo latas.
Mi madre cerró la puerta con demasiada calma.
—Qué lamentable.
Lamentable.
No “qué horror”. No “pobre hombre”. Lamentable, como quien comenta que se rompió una taza.
—Está viviendo en un albergue, mamá.
—Él tomó sus decisiones.
—Me dijo que preguntara a mi familia.
Sus dedos se tensaron sobre el marco de una foto. Era una imagen de mi boda con Alejandro. Todos sonriendo. Todos limpios. Todos culpables, aunque yo todavía no sabía de qué.
—Roberto siempre supo hacerse la víctima —dijo ella.
En ese momento apareció Daniel, mi hermano, con un vaso de agua mineral en la mano y su reloj caro brillando como burla.
—¿Qué pasa?
—Encontré a Roberto.
Daniel palideció.
—¿Vivo?
El cuarto se congeló.
Mi madre lo miró furiosa.
—Daniel.
Pero ya era tarde.
—¿Por qué dijiste eso? —pregunté.
Él intentó reír.
—Bueno, después de tantos años…
No le creí.
Regresé a mi departamento con las manos temblando y busqué la caja del divorcio. Ahí estaban los papeles que nunca volví a leer porque pensé que cerrarlos era sanar: estados de cuenta, acuerdos legales, la renuncia de Roberto al colegio.
Entonces encontré una cláusula que no recordaba.
Roberto Velasco acepta asumir toda responsabilidad financiera relacionada con el Fondo de Becas San Gabriel y libera a Mariana Ibarra de cualquier investigación institucional o legal.
Mi nombre.
¿Por qué mi nombre aparecía en un fondo que yo jamás administré?
Llamé a Patricia Méndez, la antigua contadora del colegio. Nunca le cayó bien mi familia. Contestó al cuarto tono.
—Me preguntaba cuándo ibas a llamar —dijo.
—Patricia… ¿qué pasó con Roberto?
Hubo silencio.
—No preguntes si no estás lista para odiar a gente que amas.
—Estoy lista.
Entonces dijo lo que me partió la vida:
—Roberto no robó ese dinero.
Me senté porque las piernas no me respondían.
—¿Quién fue?
—Tu madre y Daniel.
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