Parte 2   Jimena no me atacó con gritos, sino con lágrimas. Al día siguiente subió un video

Parte 2
Jimena no me atacó con gritos, sino con lágrimas. Al día siguiente subió un video desde su camioneta, con lentes oscuros y voz rota, diciendo que una “diseñadora resentida” la estaba acosando porque Emiliano había elegido rehacer su vida. Nunca dijo mi nombre, pero mostró mi silueta entrando a la empresa, la misma que alguien había grabado a propósito. En menos de 2 horas, mi cara estaba en grupos de Facebook, páginas de chismes y comentarios llenos de veneno: “trepadora”, “roba maridos”, “mantenida ardida”. Cuando llegué al departamento, varios dejaron de hablar. Sara, una compañera que siempre había querido agradarle a Emiliano, sonrió con crueldad. —Qué fuerte venir a trabajar después de quedar exhibida así. Yo dejé mi bolsa sobre el escritorio. —Más fuerte es depender de una mentira para sentirse importante. Tenía ganas de llorar, pero no podía. Mi nueva colección estaba por presentarse ante inversionistas: piezas de plata de Taxco, vidrio azul de Oaxaca y pequeñas marcas ocultas hechas por artesanas de Teotitlán, una firma secreta que solo ellas y yo conocíamos. Era mi forma de demostrar que no había vuelto para vengarme de un hombre, sino para recuperar lo que enterré por amarlo. Emiliano intentó hablar conmigo, pero yo lo esquivé. Él había permitido que Jimena entrara como “asesora de imagen” al proyecto por gratitud, porque años atrás ella lo ayudó después de un accidente en carretera. Eso decía él. Yo ya no sabía qué creer. Jimena se instaló en la empresa como si fuera futura dueña. Regaló perfumes, invitó café, acarició hombros, prometió contactos con actrices. En 1 día dividió al equipo. A mí me sonreía en público y me clavaba cuchillos en privado. —Emiliano todavía te mira porque le das lástima —me dijo una noche—. Pero los hombres como él no vuelven con mujeres que ya vieron llorar en bata. Esa frase me persiguió hasta la reunión con Víctor Salgado, un empresario de Guadalajara que quería invertir en la colección. Emiliano lo asignó a mi proyecto sin revisar su historial. Víctor me citó en un restaurante de la Roma, demasiado tarde, demasiado solo. Apenas me senté, puso su mano sobre la mía. —Si quieres que firme, tienes que hacerme sentir especial. Retiré la mano. —Le traje una propuesta comercial, no mi dignidad. Él sonrió. —Todas dicen eso hasta que ven la cifra. Me levanté, pero bloqueó la salida. En ese momento entró Emiliano. No sé quién le avisó, quizá Connor, quizá su propia culpa. Víctor cambió de cara. —Tu empleada es difícil, Aguirre. Emiliano lo tomó del saco. —Mi empleada no está en venta. Por 1 segundo volví a ver al hombre del que me enamoré. Luego recordé que ese mismo hombre me había entregado papeles de divorcio como si fueran recibos. —No necesito que me rescates —le dije—. Necesito que respetes mi trabajo. Víctor firmó el contrato por miedo, pero el daño real venía después. 3 días antes del lanzamiento, una empresa rival publicó una colección idéntica a la mía. La sala de juntas se llenó de acusaciones. Sara dijo que yo había vendido los diseños. Jimena fingió defenderme con voz dulce. —No creo que Mariana sea tan mala… quizá solo estaba desesperada. Emiliano me miró, confundido, y esa duda me dolió más que cualquier insulto. —¿Tú también crees que fui yo? —pregunté. No respondió a tiempo. Esa pausa me condenó. —Quedas suspendida hasta aclarar esto —dijo al fin. Todos me miraron como si acabaran de ver caer a una reina falsa. Jimena bajó la mirada para esconder su sonrisa. Yo salí sin defenderme. Esa noche, mientras el escándalo crecía, llamé a las artesanas de Oaxaca y pedí que viajaran a Ciudad de México con los moldes originales. También llamé a un periodista cultural que años antes había cubierto mi primer premio. No iba a limpiar mi nombre en una oficina cerrada. Si Jimena quería teatro, yo iba a darle escenario. El día del lanzamiento, entré al Museo Soumaya con un vestido blanco sencillo y una caja negra entre las manos. Jimena estaba en el escenario, presentando mi colección robada como si fuera idea suya. Emiliano la observaba desde primera fila, pálido. Entonces pedí el micrófono y dije: —Antes de aplaudirle a una ladrona, revisen la parte interior de cada pieza.
Parte 3              Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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