Patricia intervino inmediatamente.
—¡Ethan, no puedes cancelar un compromiso por una simple broma!
Mi hijo la miró.
—¿Llamaría broma a esto si alguien se lo hubiera hecho a usted?
Patricia guardó silencio.
George intentó acercarse.
—Muchacho, deberíamos hablar en privado. Hay negocios importantes entre nuestras familias.
Entonces decidí intervenir.
—Precisamente sobre esos negocios quería hablar.
Los tres Mitchell me miraron.
Sonreí ligeramente.
—Permítanme presentarme correctamente.
Me quité el chal mojado.
—Soy Eleanor Carter.
Un hombre de cabello gris, que había permanecido junto a la fuente, dejó su copa sobre una mesa.
Era Richard Collins, director de una importante firma de inversiones.
—¿Eleanor Carter? —preguntó—. ¿La fundadora de Carter Capital Holdings?
Asentí.
El silencio se volvió absoluto.
Richard se acercó.
—Señora Carter, es un honor conocerla. No sabía que asistiría.
Vanessa abrió la boca.
Pero no salió ningún sonido.
Durante treinta años había construido mi patrimonio discretamente.
Después de enviudar, comencé comprando pequeñas propiedades comerciales.
Más tarde invertí en hoteles, centros logísticos y compañías tecnológicas.
Nunca permití que mi riqueza definiera mi identidad.
Y Ethan había respetado mi deseo de mantener un perfil bajo.
Pero había algo que los Mitchell ignoraban.
Carter Capital Holdings era uno de los principales inversionistas del proyecto inmobiliario que George Mitchell estaba intentando financiar.
Lo miré directamente.
—Señor Mitchell, ¿recuerda la propuesta de ciento veinte millones de dólares que presentó hace tres semanas?
Su rostro perdió el color.
—Por supuesto.
—Mi equipo todavía está evaluándola.
Patricia se llevó una mano al pecho.
Vanessa retrocedió.
—¿Usted es la inversionista principal? —susurró George.
—Exactamente.
Ethan me condujo al interior de la mansión.
Antes de entrar, me volví hacia el joven camarero.
—¿Cómo te llamas?
—Daniel, señora.
—Gracias por intentar ayudarme.
Él bajó la mirada.
—No podía quedarme mirando.
Sonreí.
—Eso dice mucho de ti.
Vanessa apareció detrás de nosotros.
—Daniel, puedes retirarte.
La miré.
—No. Daniel se queda.
Después me dirigí al encargado del evento.
—Quiero que se le pague su jornada completa y una gratificación por su profesionalismo.
El joven abrió los ojos sorprendido.
—Gracias, señora.
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