—Mariana, necesito que te prepares para una posibilidad. Quizá la relación de Ricardo y Valeria no comenzó como una aventura.
—¿Qué quieres decir?
Mi abogada señaló una fecha.
—Quizá ambos se conocían por algo relacionado con la empresa de tu padre.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Deja de investigar. Si quieres volver a ver a tu esposo con vida, ven a Cancún y trae la llave».
Lo leí dos veces.
Después llegó una segunda notificación.
Una fotografía.
Ricardo estaba sentado en una habitación de hotel, con las manos apoyadas sobre una mesa.
Detrás de él había una ventana desde la que se veía el mar.
Junto a su rostro, alguien sostenía una hoja de papel.
En ella aparecía mi nombre completo.
Y debajo, una frase escrita en letras mayúsculas:
ELLA ES LA SIGUIENTE.
Laura llamó inmediatamente a un contacto suyo para solicitar orientación sobre cómo preservar los mensajes y evaluar la amenaza. Me pidió que no respondiera al remitente y que no viajara sola ni intentara encontrar a Ricardo por mi cuenta.
Yo apenas la escuchaba.
No sabía si mi esposo estaba en peligro, si todo era una trampa o si alguien intentaba obligarme a entregar la llave.
Pero una cosa estaba clara: había personas dispuestas a utilizarme para conseguir algo que mi padre había protegido hasta el último momento.
Esa noche regresé a casa acompañada.
Cambié las contraseñas de mis cuentas personales, guardé las copias de los documentos y dejé los originales bajo custodia de mi abogada. También solicité orientación al banco para reforzar la protección de los fondos y revisar cualquier autorización vinculada a Ricardo.
No iba a cometer el error de enfrentarme a ellos sin ayuda.
A las once y cuarenta y dos, recibí una llamada.
Era Valeria.
Su nombre apareció en la pantalla y sentí que el corazón se me detenía.
Contesté sin decir nada.
—Mariana —susurró ella—. Sé que me odias.
—No tienes idea de cuánto.
—Tienes derecho a odiarme. Pero necesito que me escuches antes de que sea demasiado tarde.
—¿Dónde está Ricardo?
Valeria comenzó a llorar.
—No está en Suiza.
—Eso ya lo sé.
—Y tampoco está aquí conmigo como te hicieron creer.
Me incorporé.
—¿Qué estás diciendo?
Hubo un silencio. Después escuché el llanto de un bebé al fondo, aunque Valeria me había dicho en sus publicaciones que todavía faltaban meses para el nacimiento.
—Mariana, el embarazo es real —dijo—. Pero hay algo que no sabes. Ricardo no me buscó por amor. Se acercó a mí porque mi padre trabajó con el tuyo durante muchos años.
Me quedé helada.
—¿Quién es tu padre?
Valeria sollozó antes de responder.
—Mauricio Ferrer.
El hombre del traje oscuro.
El hombre que había acompañado a Ricardo aquella mañana.
El hombre que aparecía en la fotografía con mi padre.
De repente, todas las piezas parecieron encajar y, al mismo tiempo, formar un rompecabezas todavía más aterrador.
—¿Estás diciendo que eres hija de Mauricio Ferrer?
—Sí.
—¿Y Ricardo lo sabía?
—Desde el principio.
Me agarré al respaldo de una silla.
—Entonces ¿por qué estás con él?
Valeria tardó varios segundos en contestar.
—Porque creí que me amaba. Y porque él me prometió que, cuando consiguiera los documentos, podríamos irnos lejos y empezar de nuevo. Me dijo que tú conocías la situación, que estabas de acuerdo con el divorcio y que solo faltaba resolver unos asuntos económicos.
Cerré los ojos.
La mentira no tenía fin.
—¿Y qué pasó?
—Anoche escuché una conversación entre Ricardo y mi padre. Discutían por la carpeta. Mi padre le dijo que no podía seguir ocultando lo que ocurrió hace dos años.
Sentí un frío profundo recorrerme la espalda.
—¿Qué ocurrió hace dos años?
Valeria comenzó a llorar con más fuerza.
—La noche en que murió tu padre, Ricardo estaba en su casa.
Me quedé sin aire.
Mi padre había muerto después de una complicación médica inesperada. Siempre me habían dicho que Ricardo había llegado al hospital cuando ya era demasiado tarde.
Pero Valeria acababa de decir que estuvo en casa de mi padre aquella noche.
—Eso es imposible —susurré.
—Tengo pruebas.
—¿Qué pruebas?
—Una grabación. Mi padre la guardó porque Ricardo lo amenazó. En ella se escucha a Ricardo discutir con tu padre y hablar de unos documentos que necesitaba antes de que Ernesto pudiera entregártelos.
Me temblaban las manos.
—¿Por qué me llamas ahora?
—Porque anoche Ricardo descubrió que yo había copiado los archivos. Me dijo que si no le entregaba todo, me quitaría al bebé y haría que mi padre me encerrara en una clínica. Me escapé esta mañana.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo por teléfono. No sé si me están vigilando.
—Valeria, necesito saber la verdad. ¿Mi padre murió por culpa de Ricardo?
Ella guardó silencio.
Y aquel silencio fue más aterrador que cualquier confesión.
Finalmente, respondió:
—No sé si Ricardo causó su muerte, Mariana. Pero sé que estaba allí cuando ocurrió algo que nunca te contaron.
Escuché una puerta cerrarse al otro lado de la llamada.
Valeria contuvo la respiración.
—Tengo que irme. Si no vuelvo a comunicarme contigo, busca el nombre de una empresa llamada Horizonte Azul. Está vinculada a los documentos que tu padre escondió.
¡Espera! ¿Dónde puedo encontrarte?
—No confíes en nadie que te diga que Ricardo viajó solo.
La llamada terminó.
Me quedé inmóvil en medio de la sala.
Horizonte Azul.
El nombre no me decía nada.
Hasta que recordé la fotografía de la playa que Valeria había publicado aquella mañana.
En una esquina de la imagen, apenas visible detrás de la mesa, había un letrero azul con las palabras «Horizonte Azul Residencial».
La casa de Cancún no era simplemente un refugio para los amantes.
Podía estar vinculada con el mismo entramado de empresas que mi padre había investigado.
Y, si Valeria decía la verdad, Ricardo no había huido para comenzar una nueva vida.
Había huido porque alguien estaba a punto de descubrir la suya.
A la mañana siguiente, Laura y yo revisamos la información disponible sobre Horizonte Azul. También entregamos a las autoridades los mensajes amenazantes y la documentación que podía ayudar a esclarecer las operaciones financieras.
No teníamos pruebas para concluir que Ricardo hubiera causado la muerte de mi padre. Tampoco sabíamos si Valeria estaba diciendo toda la verdad.
Pero ya no iba a permitir que el miedo decidiera por mí.
A mediodía, recibí un correo desde una dirección desconocida.
No contenía texto.
Solo un archivo de audio y una fotografía.
La fotografía mostraba la carpeta negra abierta sobre una mesa de madera.
A su lado había un reloj que yo conocía perfectamente.
Era el reloj de mi padre.
El mismo que había desaparecido de su habitación el día de su funeral.
Abrí el archivo de audio.
Primero escuché interferencias.
Después, la voz de mi padre.
—Si algo me sucede, la persona que debe recibir estos documentos es Mariana. No Ricardo. Nunca Ricardo.
Hubo una pausa.
Una segunda voz habló.
La reconocí inmediatamente.
Era Laura.
Mi abogada.
—Ernesto, si se lo entregas ahora, la pondrás en peligro.
Mi corazón comenzó a latir descontroladamente.
Mi padre respondió:
—Ya está en peligro. Lo único que puedo hacer es darle la oportunidad de conocer la verdad.
Entonces se escuchó una tercera voz.
Una voz masculina que pronunció una frase que jamás olvidaré.
—Si Mariana llega a descubrir quién es realmente su esposo, ninguno de nosotros estará a salvo.
El audio terminó.
Miré a Laura, que escuchaba la grabación junto a mí.
Su rostro estaba completamente pálido.
—¿Sabías que existía esta grabación? —pregunté.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Pero esa es tu voz.
Laura se llevó una mano a la boca.
—Mariana, te juro que no recuerdo esa conversación. Puede que hayan editado el audio o que exista un contexto que todavía desconocemos. Necesitamos verificarlo antes de sacar conclusiones.
Quise creerle.
De verdad quise.
Pero ya había confiado demasiado en personas que me decían exactamente lo que necesitaba escuchar.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Un último mensaje.
Esta vez no había fotografías ni amenazas.
Solo una dirección y una hora.
«Mañana, a las ocho de la noche. Si quieres saber qué ocurrió realmente con tu padre, ven a la antigua oficina de Ernesto. Ve sola. Lleva una copia de la carta, pero no la llave».
Debajo aparecía una firma.
Mauricio Ferrer.
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