Parte 2: Lección de combate cuerpo a cuerpo para el depredador arrogante

El ambiente en la sala de entrenamiento parecía espesarse, volviéndose denso e incandescente. La música metálica seguía retumbando en los altavoces, pero algo se había roto en la atmósfera. La sonrisa confiada en el rostro de Dustin comenzó a desvanecerse lentamente, reemplazada por irritación. Solía ​​intimidar a la gente con su estatura, su juventud y las conexiones de su tío padrino. Imaginó que aquel hombre de sesenta años con botas de trabajo y chaqueta raída era presa fácil, un abuelo que venía implorando clemencia.

Pero su entrenador, que estaba cerca de la salida, ya no reía. El rostro de aquel boxeador veterano, con sus sienes canosas y mejillas marcadas por cicatrices, palideció, y sus ojos se abrieron de par en par en un repentino y escalofriante destello de comprensión. Conocía ese nombre. Jack Carter. El legendario «Viejo Lobo» de Camp Pendleton, cuyos manuales de supervivencia y combate cuerpo a cuerpo fueron estudiados por fuerzas especiales de élite de todo el país, mucho después de su retiro.

—Entrenador, ¿la estás cagando o qué? —Dustin rió nerviosamente, mirando a su pálido mentor—. Ese viejo ni siquiera se da cuenta de en lo que se está metiendo. Vamos a echarlo ahora mismo para que deje de meter la pata…

—Cállate, Dustin —murmuró el entrenador. Su voz temblaba—. ¡Cállate, por el amor de Dios, y déjame en paz!

Pero ya era demasiado tarde.

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