PARTE 2

—¿Y tú le creíste? —pregunté.

—No. Le exigí que me dijera toda la verdad. Entonces me confesó algo más.

Lucas dejó de hablar durante unos segundos.

—Alyssa había recibido una carta que tú me escribiste.

Mi cuerpo se quedó helado.

Recordé aquella carta. La había escrito la noche anterior a nuestro divorcio. No mencionaba directamente el embarazo, pero le decía que necesitaba hablar con él sobre algo que podía cambiar nuestras vidas.

Nunca supe por qué no me respondió.

—¿Cómo consiguió esa carta?

—La encontró entre mis documentos y la escondió. Nunca llegó a mis manos.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza tan intensa que apenas podía respirar.

Durante casi diez años había cargado con la idea de que Lucas simplemente no había querido conocer a su hijo.

Ahora sabía que Alyssa había intervenido.

Pero eso no borraba lo que él había hecho.

—Lucas, escúchame bien. Que ella haya ocultado esa carta no cambia que tú me trataras como si fuera un estorbo. Tú elegiste firmar aquellos papeles sin siquiera mirarme a los ojos.

—Lo sé —respondió con voz quebrada—. Y no hay un solo día en que no me arrepienta de cómo terminó todo.

—El arrepentimiento no te convierte automáticamente en un buen padre.

—No te estoy pidiendo que me perdones. Solo quiero la oportunidad de conocerlo.

Miré hacia la puerta del dormitorio de Mason.

Mi hijo había crecido con una vida tranquila, con amigos, estudios y sueños. Nunca había necesitado inventarse un padre para sentirse querido.

No permitiría que un hombre apareciera de repente y lo confundiera con promesas vacías.

—Si quieres conocerlo, tendrás que ganarte esa oportunidad. No con dinero, ni con regalos, ni con tu apellido. Con hechos.

—Haré lo que sea necesario.

—Eso tendrás que demostrármelo.

Colgué.

Creí que aquella conversación sería el final de todo.

Me equivoqué.

A la mañana siguiente, Lucas apareció frente a nuestra casa en Phoenix.

No llevaba guardaespaldas ni un automóvil de lujo. Solo sostenía una pequeña caja de madera.

Cuando abrí la puerta, parecía no haber dormido.

—No he venido a exigirte nada —dijo—. Solo quiero entregarte esto.

Abrí la caja.

Dentro estaba una fotografía antigua de nuestra boda.

Debajo había un documento que me dejó sin palabras.

Era una copia de la carta que yo había escrito diez años atrás.

En el reverso había una anotación de Alyssa, fechada el mismo día en que firmamos el divorcio.

La leí una vez.

Después otra.

Y comprendí que aquello no había sido simplemente una mentira para quedarse con Lucas.

Alyssa había hecho algo mucho más grave.

Había escrito que yo había perdido al bebé y que, por esa razón, había aceptado el divorcio sin discutir.

Lucas me observó con los ojos llenos de lágrimas.

—Nora, quiero saber una cosa. ¿Nuestro hijo nació sano?

Lo miré sin responder durante unos segundos.

—Sí. Mason nació sano. Y ha sido la mayor alegría de mi vida.

Lucas se cubrió el rostro con las manos.

Por primera vez en diez años, no parecía el poderoso empresario que podía comprar cualquier cosa.

Parecía un hombre que acababa de comprender el precio de sus decisiones.

Entonces Mason apareció detrás de mí, todavía en pijama.

Miró a Lucas y luego la fotografía de la caja.

—Mamá… ¿ese eres tú cuando eras joven?

Lucas soltó una risa entre lágrimas.

—Sí, campeón.

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