No me tranquilizó.
Cuando llegamos al embarcadero, el viejo barquero nos esperaba.
Su reacción al verla fue inmediata.
Se quitó la gorra.
—Martha.
—Sam.
—Pensé que habías dejado de hacer esto.
—Yo también.
El hombre me miró.
—¿Está segura?
—No —respondí.
Martha subió a la barca.
—Perfecto. La gente segura de sí misma suele ser la primera en morir aquí.
No supe si era una broma.
Nadie se rio.
Sam comenzó a remar.
Las paredes del cañón se cerraban sobre nosotros a medida que avanzábamos.
Apenas veinte minutos antes, aquel paisaje me había parecido hermoso.
Ahora parecía una garganta.
Una garganta gigantesca intentando tragarnos.
Martha abrió su caja.
Dentro había pequeños carretes de fibras negras cuidadosamente enrolladas.
Sacó uno.
—Extiende la mano.
—¿Para qué?
—Claire.
La obedecí.
Martha ató una de aquellas fibras alrededor de mi muñeca.
Era fría.
Demasiado fría.
—¿Qué hace?
—Si caes, tiraré de aquí.
—¿Y eso me salvará?
—No necesariamente.
La miré.
—Es usted excelente tranquilizando a la gente.
—La tranquilidad sirve de poco cuando estás sentada sobre setenta metros de muerte.
Sam dejó de remar.
—Aquí.
Reconocí el lugar.
La pared de roca partida en dos.
La rama torcida sobresaliendo del acantilado.
El punto exacto donde Ethan había desaparecido.
Martha se arrodilló.
Ató otra línea negra a una larga vara de madera.
La colocó sobre el agua.
La fibra flotó.
No se hundió.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
—¿Por qué esto sí flota?
—Porque el río ya la conoce.
—Eso no significa nada.
—Esta noche significará suficiente.
Comenzó a soltar línea.
Cinco metros.
Diez.
Veinte.
Treinta.
El carrete giraba lentamente.
No había corriente visible.
Aun así, el hilo descendía verticalmente.
Martha cerró los ojos.
Sam murmuró:
—No demasiado profundo.
—No me digas cómo hacer mi trabajo.
—La última vez—
—Sam.
Él guardó silencio.
—¿Qué pasó la última vez? —pregunté.
Ninguno contestó.
La línea dejó de descender. Martha abrió los ojos.
—Lo encontré.
Me puse de pie.
—¿Ethan?
—Siéntate.
—¿Está vivo?
—Siéntate.
—¡Dígame si está vivo!
Martha me miró.
—Las personas vivas no esperan inmóviles a setenta metros de profundidad.
Eso debería haber sido suficiente.
Pero no lo fue.
La negación es una cosa extraña.
Cuando alguien que amas muere delante de ti, tu mente empieza a negociar con la realidad.
Quizá quedó atrapado.
Quizá existe una cámara de aire.
Quizá el barquero se equivocó.
Quizá.
Quizá.
Quizá.
Entonces ocurrió.
Algo tiró de la cuerda desde abajo. Una vez.
Dos.
Tres.
Martha palideció.
Sam soltó el remo.
—No.
—¿Qué? —pregunté.
Martha comenzó a recoger la línea.
—Nada.
—He visto eso.
—Claire, quédate sentada.
Tres tirones más.
Esta vez más fuertes.
La madera crujió.
Sam agarró el otro remo.
—Tenemos que irnos.
—Todavía no.
—Martha—
—¡Todavía no!
Entonces escuché una voz.
Muy baja.
Tan distante que al principio pensé que era viento atravesando las rocas.
—Claire…
Dejé de respirar.
La voz volvió.
—Claire…
Era Ethan.
Me levanté.
—Ethan.
Martha me golpeó en el pecho con una mano.
—¡No! La voz desapareció.
Durante unos segundos solo escuchamos mi respiración.
Martha se acercó tanto que pude oler el café en su aliento.
—¿Qué te dije?
—Era él.
—No vuelvas a responder. —¡Era mi marido!
—Tu marido lleva horas sin oxígeno bajo setenta metros de agua.
—Podría estar atrapado en—
—No.
Su voz fue tan dura que me callé.
—Escúchame bien. Lo que vive bajo este río no inventa voces. Las copia.
Sentí frío.
—¿Qué significa eso?
—Significa que si puede hablar como Ethan, ya sabe cómo suena Ethan.
Una nueva voz surgió de abajo.
—Claire… tengo frío.
Las piernas me temblaron.
Ethan odiaba el frío.
Dormía incluso en verano con una manta encima. —Por favor…
Martha siguió recogiendo cuerda.
—No lo mires.
—¿Cómo puedo no mirar?
—Porque quiere que lo hagas.
—Claire…
—Cállate —susurró Martha hacia el agua.
La voz cambió.
—Martha.
La anciana se quedó inmóvil.
Sam cerró los ojos.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
—¿La conoce? —pregunté.
Martha reanudó el trabajo.
—Conoce a todos los que pasan suficiente tiempo aquí.
—Martha…
La voz ya no era la de Ethan.
Era la de un niño.
—Mamá…
Martha dejó caer la cuerda.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi. Su rostro perdió toda expresión.
Sam agarró el extremo antes de que desapareciera.
—No escuches.
Ella recuperó el control.
—Lo sé.
El niño volvió a llamar.
—Mamá, estoy aquí.
Martha tiró de la cuerda con ambas manos.
—Tú no eres mi hijo.
Algo golpeó la barca desde abajo.
¡BAM!
Grité.
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