Otro golpe.
¡BAM!
Sam comenzó a remar.
—¡Lo que tengas que hacer, hazlo ahora!
Martha enrollaba el hilo cada vez más rápido.
Yo me agaché para ayudarla.
—¡No toques!
—¡No puede hacerlo sola!
Agarré la fibra.
Un dolor helado me atravesó la palma.
Imágenes.
No sé cómo describirlo de otra manera.
Durante una fracción de segundo vi algo que no estaba allí.
Un hombre joven hundiéndose.
Una mujer llorando en una orilla.
Manos.
Docenas de manos blancas extendiéndose entre agua negra.
Solté la cuerda.
—¿Qué fue eso?
—Te dije que no tocaras.
—Vi personas.
Martha no contestó.
La línea se tensó.
—Ya viene.
Tiró.
Apareció una mano.
Reconocí el reloj.
—¡Ethan!
Me arrodillé.
Primero salió el brazo.
Luego un hombro.
Después su cabeza.
Tenía los ojos abiertos.
Grité.
Sam ayudó a subirlo.
El cuerpo golpeó el piso de la barca.
Me lancé hacia él.
Martha me apartó.
—No.
—¡Es mi esposo!
—Lo sé.
—¡Déjeme verlo!
—Míralo desde ahí.
Ethan estaba pálido.
Pero no como debería estarlo un cadáver ahogado.
No estaba hinchado.
Su piel no estaba azul.
Su cabello ni siquiera parecía completamente mojado.
Parecía haberse quedado dormido en un congelador.
Martha colocó dos dedos en su cuello.
Nada.
Luego apoyó la oreja sobre su pecho.
—¿Está vivo?
No respondió.
—¡Martha!
Negó con la cabeza.
Sentí que todo dentro de
mí se derrumbaba.
Había sabido que Ethan probablemente estaba muerto desde el momento en que desapareció.
Pero saber algo y escucharlo confirmado son cosas distintas.
Me cubrí la boca.
Las lágrimas llegaron por fin.
Y entonces Ethan parpadeó.
Todos lo vimos.
Sus párpados se cerraron.
Volvieron a abrirse.
—¡Está vivo!
Me lancé hacia él.
Martha me agarró.
—¡No lo toques!
—¡Se movió!
Ethan abrió la boca.
Una corriente de agua negra salió de entre sus labios.
Demasiada agua.
Litros.
El líquido se extendió por el piso de la barca.
Sam levantó los pies.
—Dios santo.
Ethan dejó de moverse.
Martha observó el agua.
—Rema.
—¿Qué?
—¡Rema, Sam!
La barca giró.
Nos alejamos del centro del cañón.
Yo no apartaba la mirada de mi marido.
—Necesita un hospital.
Martha no respondió.
—¡Necesita un hospital!
—Necesita llegar a mi casa.
—¿Por qué?
—Porque tú aceptaste las condiciones.
—Eso fue cuando pensé que estaba muerto.
Martha me miró.
—Lo está.
Llegamos al pueblo después del anochecer.
Martha y Sam envolvieron a Ethan en una lona.
Me negué a dejar que lo transportaran sin mí.
La gente de Gray Hollow nos observaba desde ventanas y porches.
Nadie se acercó.
Nadie preguntó nada.
Era como si todos supieran exactamente qué estaba ocurriendo.
En casa de Martha, colocaron a Ethan sobre una mesa larga en una habitación trasera.
Intenté entrar.
Martha bloqueó la puerta.
—Tú te quedas fuera.
—No.
—Claire.
—No pienso dejar a mi esposo solo con una desconocida.
—Entonces siéntate en la cocina.
—Quiero verlo.
—Al amanecer.
—¿Qué va a hacerle?
—Averiguar si realmente es tu esposo.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿ Qué significa eso?
—Exactamente lo que he dicho.
Cerró la puerta.
Escuché un cerrojo.
Quise llamar a la policía.
Saqué el teléfono.
Sin señal.
Intenté conectarme al Wi-Fi.
No había.
Sam se marchó sin despedirse.
Yo me quedé sola en la cocina.
O casi sola.
De vez en cuando escuchaba ruidos detrás de aquella puerta.
Metal.
Agua.
Algo pesado moviéndose.
A las diez y cuarenta y siete llamé a Margaret.
Tuve que caminar hasta el patio para conseguir una barra de señal.
Contestó al tercer tono.
—Claire.
Su voz era seca.
Profesional.
—Ha ocurrido un accidente.
Silencio.
—¿Ethan?
—Cayó al agua.
Del otro lado no escuché un grito.
Ni un jadeo.
Nada.
—¿Dónde?
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