parte 2Mi esposo cayó al río durante nuestra luna de miel… pero lo que salió del agua no era exactamente él

—¿Qué significa eso?

Ethan cerró los ojos.

—Dímelo.

No habló.

Le pegué.

—¡Dímelo!

—El río exige equilibrio.

—¿Equilibrio?

—Cuando salgo después de demasiado tiempo…

tragó saliva,

—algo tiene que ocupar mi lugar.

Retrocedí.

—No.

Martha me miró.

—Por eso te trajo.

—No.

—Claire—

—¡No!

Ethan intentó acercarse.

—Nunca pensé permitir que te llevara.

—Pero sabías que podía hacerlo.

—Sí.

—Me trajiste como reemplazo.

—No exactamente.

—¡No vuelvas a mentirme!El Ethan del agua sonrió.

—Por fin.

La superficie comenzó a temblar.

Manos emergieron.

Docenas.

Martha gritó.

Sam cayó de rodillas.

Ethan me empujó hacia atrás.

—Corre.

—No.

—Claire.

—No pienso correr otra vez.

Me quité la túnica.

Martha abrió los ojos.

—¡No!

La arrojé al agua.

El cabello tocó la superficie.

Y por primera vez…

Blackwater reaccionó.

El río entero pareció respirar.

Las figuras desaparecieron.

El Ethan bajo el agua abrió los ojos con terror.

—¿Qué has hecho?

No lo sabía.

La túnica comenzó a extenderse.

Miles de cabellos se separaron.

Flotaron sobre la superficie formando una red negra.

Martha susurró:

—Todos los que saqué.

La red vibró.

Entonces escuchamos voces.

Cientos.

Hombres.

Nombres.

Gritos.

Fragmentos de vidas.

El río no había olvidado a ninguno.

Martha cayó de rodillas.

—Matthew.

Entre las voces surgió la de un joven.

—Mamá.

Ella lloró.

—Lo siento.

—No fue tu culpa.

La superficie se iluminó con una claridad gris.

El amanecer.

Ethan me agarró la mano.

—Claire.

Lo miré.

—Si esto funciona, quizá no vuelva.

—¿Cuál de ustedes?

Sonrió tristemente.

—Supongo que esa siempre fue la pregunta.

Se inclinó.

Me besó.

No fue un beso apasionado.

Fue una despedida.

—Al principio te usé.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

—Lo sé.

—Después te amé.

—Eso no arregla nada.

—Lo sé.

Y por eso le creí.

Porque no intentó pedir perdón.

No pidió que lo entendiera.

Simplemente soltó mi mano.

Y saltó.

—¡Ethan!

El agua lo recibió.

No salpicó.

Su cuerpo desapareció.

La red de cabello se cerró sobre el punto donde había caído.

Las voces aumentaron.

Luego…

silencio.

Total.

El agua cambió.

Ya no era negra.

Por primera vez pude ver el reflejo del cielo.

Martha se acercó.

—Terminó.

—¿Está muerto?

No respondió.

—Martha.

—No lo sé.

Me quedé allí hasta que salió el sol.

Ethan nunca emergió.

Margaret llegó tres horas después.

No vino sola.

Trajo vehículos negros.

Hombres armados.

Equipos científicos.

Miró el río.

Luego me miró a mí.

—¿Dónde está?

—Se fue.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Claire.

—Eligió.

Su rostro se endureció.

—No entiendes lo que acabas de destruir.

—Creo que sí.

—Treinta años de investigación.

—Treinta años explotándolo.

Margaret seacercó.

—Puedes odiarme después. Ahora necesito muestras.

Martha se interpuso.

—No tocarás el agua.

Margaret la reconoció.

—Sigues viva.

—Para tu desgracia.

Los hombres comenzaron a descargar equipo.

Entonces uno gritó.

—Doctora.

Todos miramos.

El agua comenzaba a oscurecerse otra vez.

Margaret sonrió.

—Sabía que no podía desaparecer.

Pero algo era diferente.

El negro no avanzaba desde el centro.

Avanzaba desde la orilla.

Desde nuestros pies.

Margaret retrocedió.

—No.

Martha me miró.

—Corre.

Los hombres comenzaron a gritar.

Agua negra brotó del suelo.

Los vehículos se hundieron parcialmente en elbarro.

El río subió.

Margaret cayó.

La agarré por instinto.

—¡Suélteme! —gritó.

Una mano surgió del agua.

Agarró su tobillo.

Luego otra.

—¡Claire!

Intenté tirar.

Martha me sujetó.

—Déjala.

—¡No!

Margaret me miró.

Por primera vez no era la directora del instituto.

No era una científica.

Era una mujer aterrorizada.

—Claire.

La fuerza aumentó.

Sus dedos resbalaron de los míos.

—¡Ethan!

Gritó el nombre de su hijo.

El río se la llevó.

Desapareció.

El agua volvió a bajar.

Los hombres huyeron.

Martha y yo quedamos solas.

—¿Murió?

—No lo sé. Odio esa respuesta.

—En Blackwater es la única respuesta honesta.

El instituto cerró seis meses después.

La versión oficial habló de irregularidades financieras.

Los expedientes de Blackwater desaparecieron.

Yo renuncié.

Vendí todo lo que tenía.

Me mudé tres estados al oeste.

Nunca regresé al cañón.

Martha murió al año siguiente.

Recibí una caja suya.

Dentro había una sola fotografía.

Ethan, de niño, sentado junto a una mujer mucho más joven.

Martha.

En el reverso había una fecha.

Mucho antes de que Margaret afirmara haberlo encontrado.

También había una frase:v Ella no fue la primera en sacarlo.”

Debajo:

“Ni tú serás la última.”

Guardé la fotografía.

Intenté seguir adelante.

Durante casi dos años no ocurrió nada.

Conocí gente.

Conseguí otro trabajo.

Aprendí a dormir sin revisar las tuberías.

Dejé de sobresaltarme cada vez que llovía.

Hasta anoche.

Estaba lavándome las manos cuando el desagüe hizo un sonido extraño.

Glup.

Glup.

Cerré el grifo.

El ruido continuó.

Miré el lavabo.

Una gota negra apareció en el desagüe.

Luego otra.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Había una foto adjunta.

La abrí.

Era una fotografía de mi baño.

Tomada desde detrás de mí.

Yo aparecía frente al lavabo.

En tiempo real.

Sentí que todo mi cuerpo se congelaba.

Llegó un segundo mensaje.

“Claire.”

No respondí.

Un tercero.

“Esta vez no abras la puerta.”

Entonces alguien llamó desde el pasillo.

Tres golpes.

Me quedé inmóvil.

—Claire.

Era la voz de Ethan.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

No dije nada.

—Sé que estás ahí.

Retrocedí.

El agua negra comenzó a salir del lavabo.

—Claire… soy yo.

Miré la puerta.

Pensé en Martha.

En el río.

En las copias.

En las versiones.

—Por favor.

Me acerqué.

Muy despacio.

Apoyé la mano sobre el pomo.

Y entonces mi teléfono vibró otra vez.

Un nuevo mensaje.

Del mismo número.

Solo decía:

“NO ABRAS.”

Miré la pantalla.

Después la puerta.

La voz de Ethan volvió a hablar.

Pero esta vez dijo algo que nadie más en el mundo podía saber.

Algo que Ethan me había susurrado la noche de nuestra boda.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Claire…

El pomo comenzó a girar desde el otro lado.

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